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Cartel Urbano
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"UN HOMBRE DE CARNE ES UN HOMBRE DE SUEÑO"

Hoy hace cien años nació Octavio Paz, y hace diesciséis se fue de este mundo. Para quienes no lo han leído, va este pequeño homenaje.

Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego


En México Octavio Paz es una institución, una tradición y una escuela. Se lo admira, se lo cita sin pausa. Pensador político, diplomático, durante sus últimos años defensor del nefasto libre mercado –se hubiera horrorizado al contemplar las crisis económicas norteamericanas y europeas– y en muchos momentos, gracias a sus opiniones o ensayos, dueño de una figura que lo transformó en conciencia, en bastión de la intelectualidad para su país. Hoy, sin embargo, gran cantidad de eso que fue su ideario en cuanto a política se refiere solo puede ser mirado con sospecha.

Por pura gracia, también puro, justo género literario –pues lo tenía en exceso–, Paz empieza a sobrevivir dentro y fuera de México como lo que fue y ha seguido siendo desde su juventud: un poeta. Y no cualquier clase de poeta. Es casi imposible hallar en la historia de la literatura una entrega tan firme, extensa y sistemática al arte del poema escrito igual a la del autor de ¿Águila o Sol? Uno a uno, desde los años treinta del siglo pasado, hasta los postreros en la década del ochenta, sus libros son de una homogeneidad ejemplar. No decaen, no se agotan. Tan vigoroso es el Octavio Paz que escribe aquellos poemas casi adolescentes de Primer día (“Corriente oscura del sueño /que mana entre las ruinas / y te construye de nada”) como el escéptico y lúcidamente hastiado, medio siglo después, de Árbol adentro. Leer esa poesía es una experiencia donde la edad o las contingencias del espacio están superadas por el poder de la palabra para plantearles posibilidades diferentes a la masacre y a la injusticia cotidianas.
Por ejemplo, al horror de las guerras Paz antepone, con una seguridad digna de profeta, el erotismo, las caricias, la cercanía de quienes se aman:

Madrid, 1937,
en la Plaza del Ángel las mujeres
cosían y cantaban con sus hijos,
después sonó la alarma y hubo gritos,
casas arrodilladas en el polvo,
torres hendidas, frentes escupidas,
y el huracán de los montes, fijo:
los dos se desnudaron y se amaron
por defender nuestra porción eterna,
nuestra ración de tiempo y paraíso,
tocar nuestra raíz y recobrarnos,
recobrar nuestra herencia arrebatada
por ladrones de vida hace mil siglos

dice en esa joya inmortal, quizás su obra maestra, Piedra de Sol .

Al tiempo que escribía esta poesía, necesaria ya entre nosotros, tradujo e hizo próximos formas, gestos poéticos de lejanas latitudes (son difíciles de olvidar sus estudios acerca de las poéticas china y japonesa), reflexionó en torno a esa condición individualista, de patriotismo egocéntrico, presente no solo en tierras mexicanas sino en todo el continente americano, nos enseñó a identificar la omnipresencia de la poesía en cualquier esquina de esta vida y de las otras mediante aquel polémico y largo ensayo titulado El arco y la lira. Fundó revistas como Vuelta, con las cuales demostró que el poeta no solo es un ser aliado a las musas y a las emociones sino alguien capaz de pensar a su entorno, a su mundo, desde una sólida e inteligente resistencia intelectual asumiendo además el riesgo de equivocarse. Haber recibido el premio Nobel de Literatura en 1990 solo vino a confirmar su inmenso brillo en el paisaje del idioma español.

La obra de este hombre que cumple cien años el 31 de marzo es vastísima. Seleccionar o recomendar uno solo de sus libros o una sola de sus creaciones poéticas tal vez sea ocioso, temerario. Pero hace bien recordar aquella frase del cartero en el film de Michael Radford: “La poesía no es de quien la hace sino de quien la necesita”. Y para estos desolados días colombianos dos textos de Octavio Paz son tan urgentes que no mencionarlos podría privarnos de unas apropiadas dosis de iluminación. Uno se titula Trabajos del poeta de 1949. Más que visiones o testimonios del choque continuo de un poeta con la feroz realidad, estos poemas en prosa revelan, contundentes aunque no exentos de gran belleza, las dificultades y virtudes del sobrevivir como sea y al precio que sea en “este puñetero mundo que nos tocó en suerte”, como dijo con acierto Blas de Otero, otro excelso versificador. El otro texto no es un poema, ni un relato. Ni siquiera una parábola. Se titula Mi vida con la ola , y es una sabia advertencia acerca de las relaciones amorosas y amistosas disfrazada de literatura. Cada lazo con otros produce una satisfacción espléndida, no obstante breve, al mismo tiempo que brinda interminables desconsuelos o sacrificios, parece decirnos esa terrible y preciosa historia.
En el centenario del poeta que escribió “un hombre de carne es un hombre de sueño”, el mejor de los homenajes tal vez sea correr sin prudencia alguna a buscar sus libros, con la esperanza de hallar en ellos ciertas llaves destinadas a abrirnos las puertas cerradas por los fanáticos, los poderosos, los crueles. Octavio Paz es la prueba de que se lee solo con el objetivo de vivir.

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