
LOS ARANCELES DE LA MUERTE
El desconcierto ante la muerte de un ser querido y los costos de morirse: dos caras de una misma moneda.
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Ilustración: Juan Ospina
¿Cuál es nuestra relación con los muertos? Y aunque parecida, me oprime más el pecho esta otra duda: ¿cuál es nuestra relación con la muerte?
He tratado de no darle muchas vueltas al asunto porque no existe reflexión más compleja que la de nuestro propio fallecimiento. Es decir, me resulta incómodo esperar como si nada la llegada de un cáncer fulminante, una puñalada, un derrame o un infarto repentino.
La relación que mantenemos con la muerte, creo, es la misma que mantenemos con la vida. Un juego de pulsar y esperar para pulsar otra vez. Pero ese vínculo no es exclusivamente emocional; también resulta monetario. Porque, a decir verdad, sale bien caro morirse.
El 8 de septiembre del 2008 me levanté a las 6.30 de la mañana. Vivía en Bucaramanga, en un apartaestudio de 30 metros cuadrados, y trabajaba como publicista.
A las 6.45 me estaba dando un baño para salir a la oficina. De pronto, el celular empezó a sonar como loco, pero era imposible, o al menos bastante engorroso, contestar con las manos y la cabeza llenas de champú. Fue hasta el cuarto o quinto intento, después de salir de la ducha, que me digné a decir “aló”.
—Mijo, tu papá —sollozó mi mamá.
Sentí un latigazo frío reventarme la espalda.
—Tu papá, mijo, se nos fue. Tu papá. Tu papá.
Me senté en el inodoro sin saber qué debía hacer. Enserio, ¿qué hace uno en esos casos? Aunque lo más lógico era desplomarme a llorar, por alguna misteriosa razón no pude. Ni un poquito. Las gotas que se resbalaban de mi pelo se quedaron sin peso. Mi sistema nervioso se desconectó y no podía sentir ni una cachetada; lo digo porque lo intenté. Tampoco hablaba con claridad. Como pude le respondí “Ok, ya cojo un bus y arranco para allá”.
Yo nací en Barquisimeto, Venezuela, pero ellos, mis padres, habían decidido vivir en Cúcuta hacía más de diez años. Así que para allá me fui ese lunes en la mañana, armado con una extrañísima sensación de vacío y la plata del pasaje.
Pasaron ocho horas de carretera. Cuando me bajé del bus, seguía tan mudo como en Bucaramanga. Torpe. Tenía llamadas perdidas en el celular, de mi mamá, que nunca devolví. Llegué directo a la funeraria. Entré, recuerdo, y no escuchaba nada de lo que decía la gente, solo veía sus bocas moverse. Alguien me abrazó con los ojos llenos de lágrimas y me solté sin decir nada. El salón en el que estaban velando a mi papá rebosaba de flores y gente que nunca había visto. Mi mamá se me lanzó encima y tuve que quitarla para poder asomarme a la puertita abierta del cajón.
Recordé en pocos segundos las partidas de póquer, el pollo frito que compraba los viernes en la noche, las canciones de Vicente Fernández que cantaba en los viajes a la playa y descubrí, inadvertido, que el cliché aquel de “rebobinar la película cuando alguien se va” es cierto. Pero nada pasaba en mí, seguía pasmado, inhabilitado, sumergido en una gelatina densa y sin sabor. Era raro ver a papá con la boca literalmente sellada. Se alcanzaba a ver el pegante entre los labios.
Pero no todo fue un agujero en el pecho. Pronto se asomaron las facturas y sus respectivos cobradores para descocer los bolsillos también.
—Mi amor, hay que pagar unas cositas —me dijo mi madre recostada a la puerta del salón, lugar que se iba llenando más y más de coronas y algunos otros arreglos florales.
La muerte de mi padre costó alrededor de $3'000.000, una suma jugosa para nuestro estrato tres. El cajón, que era de madera delgada y poco sofisticado, más la preparación y el traslado del “cuerpo” —dicho en el lenguaje técnico de los empresarios de la muerte— a la funeraria y luego a la iglesia y luego al cementerio, más la velación, salió por $2'000.0000 y pico. La iglesia cobró $200.000 por la misa. Por último, supe que abrir un hueco de tres metros de profundidad en la tierra vale un poco más de $600.000. Todo esto, salvándonos de pagar el predio —espacio en el cementerio—, que lo donó mi abuela, quien en realidad nunca quiso mucho a mi papá. El extraño poder de la muerte.
Cuando finalmente bajaron a través de una polea el “cuerpo”, se me pasó el estado neutro y caí de rodillas en la tierra recién escarbada. La muerte había cobrado sus aranceles. Una parte en pesos y la otra en dolor.