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Cartel Urbano
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LA SED Y LA MALA TINTA

Por John Better
@johnbetter69
Ilustración: kometo

Los calores en Barranquilla en los últimos días han sido del demonio. A veces odio con pasión a este laboratorio infernal al que algunos osan llamar ciudad. Es tal el calor que está haciendo hoy, que la sed me supera mientras escribo esta columna, así que antes de seguir voy por una cerveza. Ok, vayamos sobre la marcha. Al lado del computador en el que escribo, está mi mediana biblioteca, qué digo biblioteca, un mueble de cuatro compartimentos, obsequio de Javier, mi ex amante. Puede haber allí embutidos unos doscientos libros apenas. Hay títulos notables, autores fetiches que leo y releo: Capote, Arenas, Puig, Vallejo (tanto el adorable viejo verde de Medallo, como el genial poeta peruano), tomos de poemas de Cesar Moro, Li Po, Gómez Jattin y Harold Alvarado Tenorio, novelas y volúmenes de crónicas de Pedro Lemebel, algo de Shakespeare. Antes de seguir con el inventario, esperen y me tomo un buen buche de esta helada, rica y bendita cerveza. Sigamos. También tengo libros de chicas. Textos de Silvia Plath y Virginia Woolf, un tomo invaluable de cuentos de Marvel Moreno, entre otros.

Pero también, mezclados con esas joyas, tengo otros libros, pura basura empastada que corresponde a una serie de publicaciones a las que he denominado “la pila prohibida”, en su mayoría obsequios que me han dado autores consagrados y anónimos en ferias del libro y encuentros de escritores. También hay textos de escritores allegados con firmas dedicadas que van desde “al maestro” hasta “para mi pana, mi llave, mi hermano el poeta John Better”. Algunos solo ojeados, otros nunca abiertos. Hay uno que todavía conserva la tirilla promocional que reza: “Este libro es tan refrescante como un oasis en el desierto”, pero lo único que encontré adentro fue letra muerta y papel para fogata.

Con esta sed que tengo, me pregunto cuántas cervezas me alcanzaría a comprar con lo que costó la edición de esas inmundas publicaciones. Entre los libros de “la pila prohibida” hay varios de Santiago Gamboa, todos los de Ángela Becerra, uno de poemas de Juan Carlos Ensuncho-Bárcena, otro de Jota Mario Valencia, uno de la actriz Patricia Castañeda y una novela “portentosa” llamada La familia mierda de gallina, del autor vallenato Rodney Castro Gullo. Es justamente este último el que tengo más a la mano. La dedicatoria dice: “Con mucho afecto para un joven talento de las letras del Caribe colombiano”. No tiene fecha, pero deduzco que debió ser hace mucho tiempo por aquello de “joven”. Nunca he podido pasar de la primera página. La familia mierda de gallina empieza con una divagación sobre las flores, o algo así.

A pesar de que nunca los leo ni los leeré, no me he atrevido a deshacerme de “la pila prohibida”, porque temo que alguna maldición se cierna sobre mí. Quizá después de publicado este texto la maldición empiece a cobrar efecto.

¿Y si vendo los libros de “la pila prohibida”? No, eso sería más infame que regalarlos o quemarlos. ¿Y sí los canjeo por cervezas? Bah, el sarnoso cachaco de la tienda de la esquina solo lee los tabloides amarillistas que los barranquilleros consumen para saciar su sed diaria de sangre y chismes faranduleros. Lo cierto es que ya se agotó la cerveza que bebía y no hay más en la nevera, además, no tengo una jodida moneda en el bolsillo y este calor desgraciado continúa. Será exprimir dos limones resecos y clavarles un poco de hielo. Creo que debe haber un cuartito de guaro por ahí escondido.

Luis Alberto Spinetta, uno de los mayores cantantes que ha dado la música en este idioma, poeta surreal y místico, escribió un tema titulado “La sed verdadera”. La buena literatura tiene el poder de saciar esa sed (también la cerveza y otras bebidas). Pero en otras ocasiones, ciertos libros pueden resultar el más desagradable de los tragos. La sed y la mala tinta nunca se sacian.

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