
LAS SUMISAS ANÓNIMAS
por: John Better
@johnbetter69
Luego de que Shakira balbuceara que su marido es un hombre al que le gusta tener todo bajo control (declaración que inspiró el artículo “Shakira y el síndrome de la sumisa famosa”, que pone en evidencia el “voltiarepazo” de la barranquillera, que pasó de mujer hecha a cincel por sí misma a convertirse en una esposa sumisa que adoba versos pop mientras da mamila), recordé ciertos episodios que he presenciado durante mi vida en los que están involucradas desde mi madre hasta amigas cuyos nombres prefiero omitir en esta ocasión.
Quizá fue la peluquería de mi amigo el difunto José Santander Padilla el lugar donde escuché las cuitas de más de una sumisa no tan famosa, después de que les refrescaran las cabezas con champú y enjuague de fresas. Sentadas en el diván giratorio del salón, en manos de mi amado José, podían verse frente al espejo mujeres de todas las edades y formas: jóvenes, viejas, gordas, flacas, religiosas consumadas, mujeres a las que las hermanaba un mismo proceder. Mi amigo peluquero les pasaba la peinilla, les desenredaba el pelo y un tanto las ideas, y les sugería mil y un cortes de cabello, desde los más osados hasta los más comunes y corrientes. Pero siempre las respuestas de estas señoras aburridas era la misma: “A mi marido no le gusta que yo me corte tanto el pelo, a mi marido no le gusta que lo tinture, a mi marido no le gusta que…”
A casi todos los maridos de mis amigas les parezco detestable, abominable, un tanto influyente entre ellas. Muchas veces me ha tocado visitarlas cuando ellos están ausentes. En una ocasión, a uno de esos maridos lo vi salir de un motel con otro hombre, y entendí entonces qué era lo que le gustaba.
Cierta conocida, por ejemplo, acompañaba a su marido a la mesa mientras él comía, porque el señor no soportaba el hecho de hacerlo solo. Así llegara ebrio en la madrugada, ella, sumisamente amorosa, lo acompañaba en la mesa. Otra, evitaba usar ciertas prendas de vestir, porque a su hombre le parecían inmorales. Otra más, nunca acepta visitas de amigas, porque a su marido le parece que la pueden incitar a la infidelidad, y así hay miles de ejemplos de sumisas anónimas.
-Niña córtate ese pelo horroroso, así a tu marido no le guste. ¿Crees que te ves linda? Pues no, querida -le decía José, mi amigo peluquero, a una de esas mujeres para hacerla entrar en razón.
Pero una sumisa aleccionada es alguien difícil de persuadir. Al marido de mi madre no le gustaba encontrarme escuchando música a un volumen alto. Así que mi madre siempre estaba pendiente de hacerme una señal para que apagara el equipo de sonido antes de que él llegara. Y aunque él ya está muerto, hay veces en que mi madre, sumisamente, suspira y le dice a alguna vecina: “A Pablo no le gustaba encontrarme en la calle”.