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Cartel Urbano
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Cervezas: 5, libros: 0

La semana pasada, tanto lectores consumados como tuiteros frívolos no pudieron reprimir la ira que les causó un comercial que, gústenos o no, retrata una realidad nacional: la larga tradición de enemistad con los libros. Pese a los esfuerzos de ministerios, profesores y padres de familia, en Colombia leer libros nunca ha sido una prioridad. Entonces, ¿por qué tanta indignación con el comercial de Poker?

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

No es extraño. En el comercial de cierta cerveza al protagonista le parece repugnante y aburrido que le obsequien, para celebrar la amistad, un libro grueso. La cara del actor que interpreta a ese personaje es de absoluto desagrado. ¿Cómo es posible? Esperaba divertirse, pasarlo bien entre sus amigos, reírse por tonterías, quizás bailar. Y le regalan un libro, desde su óptica signo del tedio, la soledad y la riesgosa introspección (aquí, un análisis sopesado del comercial en la revista 070 de la Universidad de los Andes ).

Se entiende ese rechazo. No resulta rara esa actitud porque el comercial se realiza en Colombia, país de honda tradición en la enemistad con los libros. Pese a los esfuerzos de ministerios, educadores y padres de familia, leer libros aquí no es prioridad dentro de ningún estamento social. De hecho es posible pensar que una de las pocas semejanzas entre los clientes de bares costosos tipo Parque de la 93 y los últimos habitantes de la aldea boyacense más montañosa donde no hay comodidades, es su aversión hacia los libros. No los necesitan ni les interesan pues tal vez representan para ellos los instrumentos de una educación represiva, de instituciones escolares que los obligaron, so pena de castigo, a leer. O quizá miran a quien está familiarizado con los libros tras un prejuicio célebre aunque totalmente falso: el lector de volúmenes es un perdedor, alguien que no tiene los pies en la tierra, un inevitable aguafiestas.

Súmense a ese casi natural desprecio por la lectura dos características endémicas de este país. Primera: en Colombia no existe tiempo para los libros ni la reflexión ni para el cultivo del intelecto porque los ratos de ocio son muy escasos. Hay mucha rumba, mucho “Día de los amigos Póker”, muchas labores en pro del desarrollo nacional como programarse para los partidos del mundial de fútbol o estar pendiente de las erizadas que siente la antediluviana Amparo Grisales. Es imposible dedicarles unas cuantas horas a los libros con las apretadísimas agendas de la colombianidad. Segunda: más fácil, más cómodo resulta proclamarse lector y fingirlo por ejemplo en Twitter o en Facebook. Desde lo inverso, la capacidad de impostura en torno a la lectura de libros es proporcional a los libros que de veras se leen y se asimilan con atención. El alboroto del internauta promedio contra ese comercial es fariseo. Ser lector brinda una suerte de prestigio social que no quiere perder ninguno de esos redactores de fruslerías, ninguno de esos críticos sin premeditación cuyas opiniones babean. Da vergüenza decir en público las horribles herejías: “No me gusta leer”, “Los libros son aburridos”. Entonces es mejor simular que leemos, evitar aparecer como ignorantes delante de quienes celebran con “likes” y “retweets” las bobadas que escribimos.

Involuntario, ingenuo, el comercial delata la relación real sostenida con los libros por muchos colombianos: lejanía, desidia, repudio. Por eso molestó a tantas personas que siempre preferirán la botella de cerveza a perder su tiempo con unas páginas escritas. Los están desenmascarando.

No obstante el inmenso asco hacia el libro que le regalan (imagen exacta de la colombianísima indiferencia hacia el estudio reposado, la búsqueda intelectual y la formación de pensamiento propio que proporcionan los libros) el sujeto se ve compelido a abrirlo. Cuando lo hace encuentra maravillado que entre las más de mil páginas de aburrimiento, de sopor, está incrustada una generosa y provocativa botella de cerveza. No hay de qué preocuparse ni asustarse. Todo era una broma. Al fin y al cabo no se trataba de un espantoso libro sino del empaque de una cerveza con disfraz inconveniente. La fiesta y el jolgorio pueden continuar. Una vez más le hemos ganado la partida a esos incómodos objetos con portadas y hojas impresas. Tenemos que estar orgullosos porque de nuevo hemos vencido a los libros. Razón de peso para abandonar polémicas inútiles y abalanzarse a las calles, al expendio más cercano, con el fin de solicitar unas cuantas cervezas. La celebración hasta ahora inicia.

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