
¿UN PAPA DIFERENTE?
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Tiene que estar muy mal una sociedad como la nuestra para erigir a Francisco, el papa de la Iglesia Católica Romana, como uno de sus modelos, casi como uno de sus héroes. Debe tener algunos tornillos flojos, ciertas patas torcidas una colectividad que aprueba y aplaude la elección del Pontífice católico como “Hombre del año 2013” por la influyente revista norteamericana Time. ¿Qué clase de inspiración, ya no digamos de valor, puede hallarse en el jefe de una poderosísima religión que ha usado las enseñanzas, la figura de Jesús de Nazaret como excusa para cimentar un exitoso y milenario emporio comercial?
El cardenal argentino, con su ambiguo ejemplo, es cabeza de una institución cuya credibilidad resulta profundamente cuestionable en sus intentos legisladores del comportamiento humano, en sus discursos de invitación a la humildad y a la equidad, si justo sigue siendo una cerrada monarquía, una jerárquica organización económica que está habituada a administrar literales toneladas de dinero en nombre de Dios.
Jorge Bergoglio o Francisco en su papel de pontífice, de aparente servidor de la humanidad, es más producto del cálculo y la estrategia. Su imagen amable, sus gestos de inocente altruismo y espontaneidad (dejarles mensajes por contestador automático a unas monjas, usar un automóvil ordinario, decretar la anulación del ostentoso y rimbombante título de “monseñor” dirigido a ciertos clérigos importantes, ofrecerle una silla a un guardia) son respuestas absolutamente publicitarias, mediáticas y premeditadas de la Iglesia misma en su afán por recuperar la confianza tanto de los católicos suramericanos, que son legión, como de los indiferentes, los simpatizantes aguados, u otros católicos alrededor del mundo. Sería el colmo que la Iglesia de Roma no concibiera planes salvaguardando su imagen externa si en últimas es la decana del cuidado de las fachadas, los fastos, la impoluta presentación de puertas para afuera. Lo ha hecho desde que dejó de ser perseguida hace quince siglos y sin duda lo seguirá haciendo: su discurso puede ser gaseoso, difuso, pero nunca sus actos, sus espectáculos y exhibiciones para el público, donde se muestra con sonrisas conciliadoras, mensajes de paz y espíritu apacible mientras en su interior bullen las intrigas y las venganzas más feroces por el control del dinero o la injerencia dentro de poderosos grupos políticos, financieros o educativos.
Francisco proviene de esas estructuras, se formó en ellas y, de hecho, es ahora su jefe. Es ingenuo pensar que está cambiando a la Iglesia, que le está dando un nuevo aire, solo porque de vez en vez realiza gestos simpáticos o dice, por ejemplo, que no juzga a los gays. Interpreta un rol bonachón, de ancianito comprensivo, pero inserto en el marco referencial más retrógrado y tradicional que conoce Occidente, solo comparable con otras religiones como el Islam en su ortodoxia, o con instituciones recalcitrantes y ultraconservadoras como el partido Republicano estadounidense.
Si el asunto es cambiar en serio, la Iglesia Católica debería abandonar su condición de sociedad de solteros, despojarse de sus privilegios como estado nación, permitirles ser curas a las mujeres, a los homosexuales y a los transexuales, olvidar su condición de tribunal moral, y no cobrar ninguno de los servicios que presta para evitar ser indigna del hombre en quien se recarga y de quien lucra, un judío sabio que pasó, él sí, hace veinte siglos procurando el bienestar de quienes lo rodeaban. Pero es improbable que la Iglesia Católica Romana ceda tanto, que modifique tanto sus modos de ser. No lo hará porque si lo hace perdería prebendas, privilegios, dinero y poder. Se autodestruiría.
Francisco es solo una versión papal, retardataria y simple, del cura con buenos modales que no quiere quedarle mal a nadie. Preciso lo que necesita esta época liviana por fuera, sangrienta y brutal por dentro. Y la Iglesia de Francisco, con el fin de no perder más clientes en masa, seguirá promoviendo a los cuatro vientos su figura. Lo necesita.
Depende de la tambaleante opinión pública si les come cuento o no.
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