
¿QUÉ HAY DE ENERO?
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Diciembre es el mes que quizás más acumula celebraciones en el año. Se podría decir, sin exagerar, que es un mes de rumba de principio a fin, un mes donde tanta celebradera desata el consumo desaforado de licor y las compras compulsivas a crédito se disparan masivamente.
Y en medio de este tren de rumba decembrino, también empieza un derroche de prácticas mundanas que agotan el cuerpo; le damos puñaladas al hígado, dormimos mal y poco, exacerbamos nuestras alegrías y excitaciones al punto de la manía. En otras palabras, nos ponemos de ruana hasta nuestro propio cuerpo.
Diciembre es el momento donde hasta las beatas tías se toman todos los aguardientes que no se tomaron en el año por andar jartando vino de consagrar. Es el mes donde hasta los más avaros sacan su guardado de debajo del colchón para pegarse alguna rodadita a cualquier balneario cercano para recibir el nuevo año como dios manda. Diciembre es un mes de güepajé, de recocha familiar, de tomarse hasta el agua del florero. En general, es un mes de pura guachafita.
¿Qué hay de enero? Bien lo dicen el viejo y conocido refrán y mi abuela: todo lo que sube cae como pepa de guama. Luego de ese vertiginoso derroche de grasa, amor y alcohol que deja la navidad, llega, inevitablemente, ese desolado mes cundido de guayabos, estragos corporales y de infraestructura… y, sobretodo, de deudas. Enero es el mes para darse el totazo económico más garrafal del año y para resentir desde el dedo gordo del pie hasta el copete de alf los rezagos de la rumba navideña, tan optimista como animal.
Enero es un mes de austeridad y decadencia. Es la temporada de todas las bajas pasiones. El fin del carnaval. La mayor incertidumbre económica del año, incluso para quienes más les brilla el codo. No es fácil atravesar enero y pararse con fuerza para enfrentar un nuevo año que promete ser más montaña rusa que el anterior.
Para los solitarios, enero es un desierto poco optimista. Para quienes tienen pareja, enero es otro mes de rutina. Enero tiene un sabor amargo que va menguando hacia final de mes pero que algunas veces se extiende, incluso, hasta febrero. En enero las ciudades se mueren y sobreviven en concurrida soledad. En enero, cualquier tipo de hagazajo: cumpleaños, bautizo, matrimonio, pasa desapercibido, por falta de presupuesto o de ganas, o de ambas cosas.
Enero es el lado negativo de la bipolaridad, el depresivo post ingesta de alcohol, el agente incitador para el consumo de farmaton, ok, prozac, guaro o cualquier otro veneno para el hígado. Enero es una de las grandes pruebas que nos pone la vida para que tengamos la berraquera de levantarnos, como el ave fénix, de entre los escombros que quedaron de tanta excitación navideña.
Ni siquiera las dietas desintoxicantes y el bajo presupuesto alcanzan a limpiar nuestro organismo, absolutamente percudido por el abuso de la grasa navideña y del destilado –de todo tipo- que nos acompañó como una sombra desde que se encendieron las velitas hasta que faltaban 5 p’a las doce.
Algunos suertudos escapan a fincas, resorts, balnearios, lejos de la gran depresión que exuda la ciudad. La salida más inteligente de todas, quizás. Así pues, ante cualquier invitación a abandonar la ciudad, ya sea chupando carpa o gozando de la comodidad de una cabaña, acepten. El campo es el mejor bálsamo para la cascada que nos pegamos en diciembre. Y si no se puede, no los invitan o no tienen cómo escapar, enfrenten con gallardía las llamadas de los bancos, la operación retorno, el alza en el salario mínimo, la cartelera de cine…. y recen porque este mes capricorniano se pase corriendo y con algo de dignidad... La que les quede.
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