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Cartel Urbano
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EL CINE ESTÁ VIVO, A PESAR DE TODO

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego


La película se titula “Ninfómana” y causa emociones fuertes en los espectadores. Al observar, al difundir su tráiler y sus afiches promocionales (en los cuales las promesas de sexo duro y cinematográfico están a la orden del día) los espectadores no pueden ocultar las risillas pícaras, internas o externas, cercanas a las del niño que comete una pilatuna obscena. El director del film, Lars von Trier, hábil provocador, ha sabido tocar la fibra instintiva y primitiva de sus públicos con esta cinta ayudado, cómo no, por publicistas sagaces. La fórmula de este equipo da como resultado una aproximación del espectador más común (alguien que por ejemplo no oculta su entusiasmo por la saga de “Rápido y Furioso”) a un cine con factura exigente, argumentos complejos, planos osados, motivado por la presentación de escenas sexuales explícitas.

Unida a esa ilusión que ofrece “Ninfómana” según la cual quien acuda a verla estará contemplando una especie de “pornografía artística”, es evidente el negocio redondo que subyace a tanta picardía, tantos torsos desnudos en los afiches, tantos guiños a la libido y al morbo de quienes paguen por observarla. Lars von Trier deja contentos así a propios y extraños, se encumbra como realizador popular (después de emprender una extensa carrera en el papel del niño terrible dentro de cierto cine europeo muy intelectualizado) y, por supuesto, llena sus arcas gracias al mecanismo efectivo que estriba en explotar las ansiedades y búsquedas sexuales de la gente.

En absoluto contraste con esta bomba publicitaria de “Ninfómana” se halla la más reciente realización del director español Jonás Trueba, “Los ilusos”. Punto por punto, este film es una contradicción de la propuesta hecha por von Trier. No solo en la historia, básica al extremo, sin medro de su impecable elaboración, sino en los medios usados para exhibirla, divulgarla y hasta venderla. Trueba, en clara alusión al cine de autor francés tipo Jean- Luc Godard, filma a personajes del mundo cinematográfico, técnicos, actores, productores, en su afán por lograr una película, o lejos de sus trabajos cotidianos, dispuestos simplemente a conversar, a encontrarse, o a dejar que la misma vida los viva durante más de dos horas. En la campaña de promoción no hay ganchos ni carnadas para atrapar multitudes. La producción apela a tocar cierta inteligencia y sensibilidad que se ha ido extraviando en los públicos del promedio. Quizás no recaude millones de dólares. La intención de sus creadores está lejos del interés mercantil.

La presencia de “Ninfómana” y de “Los ilusos” en salas de cine y festivales muestra el esfuerzo denodado que productoras y directores independientes realizan para ofrecer cine con capacidad de competirles a las series de televisión y a los artefactos de Internet artísticos o no, sin olvidar la rigurosidad estética pero conscientes, también, del inobjetable mandamiento contemporáneo: comercializar, vender la obra es hoy casi tan importante como saber hacerla. Si el arte cinematográfico no ha sucumbido, si no ha perdido capacidad de convocatoria, se debe en parte a que consigue colmar las expectativas de los inconformes con la agilidad o los afanes televisivos y digitales, a que sigue siendo un arte no obstante haber pactado con la simplicidad, con la medianía propias del establecimiento económico, inescrupuloso e incluso a veces criminal.

En actitud leal al arte mismo deben verse estas dos cintas. No solo en busca del alivio brindado por realizaciones honestas e impactantes. También como signo de un sereno optimismo ajeno a lo espectacular.

Una noticia grata y tranquilizadora en el inicio del año es que el arte del celuloide no ha muerto, como algunos lo dictaminaron: la escritora Susan Sontag, por citar un ejemplo decente, le escribió una despedida memorable. Sigue vivo, sobre todo entre los pasionales (es el caso de Lars von Trier) que se han visto obligados a aprender el cínico arte de hacer negocios, o entre los tercos casi románticos (Trueba), reacios a bajarle la cerviz al monstruo industrial llámese Fox, Sony o Disney. Tanto el español como el danés saben, en el fondo, que al ser polémicos y poéticos en sus films están reconociendo la existencia de espectadores tan atrevidos como ellos, o dispuestos a serlo, pese a los códigos del dinero, la economía de mercado o la estupidez generalizada que decreta diversión fugaz, compras suntuosas y enajenación. Algunos atisbos de dignidad le quedan al cine. Y es por eso que sigue vivo.


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