
LA FRAGANCIA
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Diciembre es magia. Diciembre tiene el aroma del amor. Diciembre une, aproxima. Diciembre nos recuerda que somos familia. Diciembre, época de paz. Diciembre, olor a júbilo en el aire.
Todo eso es diciembre, o al menos eso aseguran los medios. Y sobre todo eso flota una burbuja llamada navidad: la misteriosa coyuntura heredera del mismo poder que tienen las cosas divinas. Las cosas del cielo.
Cada doce meses el manifiesto se repite en radios de buses y oficinas: “De año nuevo y Navidad, Caracol por sus oyentes (…)”. Se repite también en el formato de comercial televisivo de gaseosas, natillas, aerolíneas, celulares, zapatos, papas de paquete, calzoncillos, jamones: una familia modelo perfectamente dentada reunida a la sombra del arbolito navideño, abrazándose besándose y sonriendo —todo al unísono de unas campanas antiquísimas—, instruyéndonos en la sagrada doctrina de la familia; la familia correcta claro. Es raro, ellos ni familia son ni familia serán: en cambio sí son 4 extraños con un atractivo físico en común; modelos a sueldo. Ahora pienso: qué asqueroso resulta el revés del decorado, el detrás de cámaras.
Pero todo sigue su curso autodestructivo y el comercio nunca para.
Es triste, además irónico, que por estas fechas nos engullan una estrategia comercial apalancada por un discurso lagrimoso y terso con el que, sin darnos cuenta, terminamos buscando ancestrales instructivos para la navidad impecable, la navidad mágica, la navidad del osito polar bajo el cielo estrellado. Nos lanzamos a un mar de deudas con el beneplácito “Todo por la familia, todo por el amor”, del que resultamos náufragos.
“La navidad es todo aquello que nos hace recordar que la vida es bella, que diciembre es amor(…)”: ¿El amor de 25.000 familias colombianas sobreviviendo con el mísero ingreso de la manufactura de pólvora ilícita? ¿niños de 5, 6, 7 años comprimiendo nitrato de potasio y carbón a mano pelada en pequeños tubos de cartón diariamente? ¿niños a los que el dichoso aroma del amor se les convirtió en un arriesgado negocio que mágicamente huele a quemado y no a júbilo? (y a qué demonios olerá el júbilo), o ¿el amor de las familias que están reunidas ahora mismo en un tierrero baldío fabricando cada 45 minutos un paquete de 140 voladores que son, según cuentan ellos, los más comprados? No. No lo creo. Y traigo esto a colación solo por dar un fulano ejemplo. Uno de tantos.
Los desfigurados mensajes de navidad que se venden como inocuos y que en su afán por recolectar efectivo, nuestro efectivo, se remojan en el suavizante de la retórica, nos están sacando una catarata en el cristalino del ojo, conduciéndonos a la ceguera absoluta. La familia es sin lugar a dudas la pieza natural, universal y fundamental de la sociedad, diferentísima al sonriente y hermoso cuarteto de modelos. La familia, el amor de la familia, no necesita para su sostenimiento sentimental la inversión anual que recibe el comercio de nuestra parte. Con la mitad del dinero que se desperdicia en pauta navideña para dejarnos el corazón como una uva pasa, se podría cumplir el diminuto deseo de esos otros colombianos que no se vislumbran en los comerciales de televisión: La fragancia de una vida al menos digna.
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