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Cartel Urbano
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EL CAJÓN ESTÁ PESADO

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah


Mírenlos con atención, dediquen un instante y permitan que la observación sea al menos caprichosa, criticona como nos gusta: los tres tipos van a la carrera, mamados, les falta la fuerza, digo, vean al que encabeza el carro funerario humano, el del pisa corbata que usa la mano izquierda para virar en el desequilibrio: ¿qué tanta fortaleza se necesita para llevar un ataúd pocos metros a través de un pasillo con la ayuda de dos personas más? Además, parecen sancocharse en su propio caldo bajo ese sol regio mientras realizan una tarea incómoda; pariéndola. Supongamos que hay excusas: el primero puede ser un guardia de seguridad que solo levanta el café por las mañanas, el segundo —el más joven que aferra el pie derecho al filo del sendero— operario telefónico de quejas y reclamos de Claro, y el último, el de los lentes para el sol en la frente que parece primo del primero, vendedor de pólizas de responsabilidad civil. Quién sabe. Afanosos: aguantan sin encorvarse mucho. Y todo es culpa del insoportable peso muerto que llevan, aunque, si mal no recuerdo, Saramago era una línea punteada antes de morir a causa de la leucemia crónica, un gancho de ropa que no superaba los 50 kilogramos. Fácil de cargar entre tres.

Fotografía publicada por www.20minutos.es

Esos nervudos nudillos cargan el cadáver de José Saramago, el Nobel de Literatura portugués, hasta un carro que luego se transformó en avión con rumbo a Lisboa, donde fue cremado en junio de 2010. Lisboa está a unos kilómetros al norte de Azinhaga, lugar donde nació el escritor. Escribió en Las pequeñas memorias que allí la tierra era plana y lisa como la palma de una mano, llana sin el mínimo accidente orográfico, rasa casi pulida. Parte de sus cenizas fueron esparcidas en ese lugar. Sobre estas fechas (el 16 de noviembre exactamente) estaría cumpliendo 91 años. Pero solo cumplió 87, y los tres señores de la foto —mirémosla de nuevo: enfoquémonos en el esfuerzo del último personaje de derecha a izquierda, en la apretada papada que cae sobre el cuello de la camisa— nos demuestran que, pase el tiempo que quiera pasar, los años pesan más que el cuerpo que los vivió.

Lo que más pesa en ese cajón caoba, lo que marca las líneas musculares en los brazos de los sujetos que lo transportan —miren bien, ahí se ven esos músculos escuetos de los que hablo—, no son los huesos ni el pellejo pegado a ellos que dejó, o los zapatos recién engrasados. La gravedad es lo que empuja con violencia ese ataúd: la gravedad de las letras de José Saramago, lo que la crítica denominó ‘Lucidez Intelectual’, el interés que despierta la obra no solo en la lectura sino también en la necesidad del hombre por ser humano —ajá, necesidad del hombre por ser humano-. Tanto empuja, tanto pesa, que el hombre de los lentes en la frente tiene que impulsar la caja de madera con el muslo izquierdo y ayudarse, usar la pierna como palanca para transmitir fuerza y desplazamiento; pobre tipo. Pesa el amor de quienes dicen haber abierto los ojos en un momento de claridad literaria, allí donde el Ensayo sobre la ceguera reza: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”. Y pesa también el sinsabor de quienes lo consideraron un idealista reincidente, un terco al que más bien tanto comunismo cegó.

Sea como fuere, el cajón está pesado, llenito hasta el borde de vida: y aunque el muerto se comporte como muerto, puede seguir vivo entre los vivos. Incluso, puede pasar que la “vida” de un muerto pese más que la de quien aún está vivo y no lo ha notado.

 

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