
ADIÓS A LA MALDITA LISIADA
Rastros de carmín
Por Billy Muñeka
@billymk
Cuando hice mi primera comunión mis papás me regalaron el muñeco que todo niño colombiano novelero de finales de los 80 soñaba tener: GURI GURI. ¡Si señores! Yo incluso, en alguna ocasión, saludé orgulloso al peludo muñeco de dudoso origen tibetano que era uno de los coprotagonistas de ese experimento de culebrón que se llamó Calamar.
Y es que negar que una vio telenovelas es como negar la mamá. Así de sencillo. No faltarán aquellos que por vergüenza intelectual digan que en su casa lo que había era radio y comics en vez de televisor; que lo que pasaba era que alquilaban películas todo el tiempo y por eso nunca vieron Caballo Viejo, San Tropel o Música Maestro. Pero eso sí, cuando llegan esas conferencias académicas de análisis de medios, ahí sí se despachan con todo su arsenal sobre las telenovelas: se les llena la boca hablando del maltrato a la mujer en la pantalla chica, de los estereotipos sociales que promueven estos relatos melodramáticos o arremeten contra libretistas y actores.
Digamos la verdad, a estas alturas criticar telenovelas ya se volvió mañé. Incluso me atrevería a pensar que en las bibliotecas universitarias deben estar comiendo polvo unas cuantas tesis sobre análisis y critica de este género. Y ni qué decir de los noticieros.
Desde los tiempos de Topacio y La Fiera hemos pasado de los mares de lágrimas a las lluvias de plomo. Cambiamos galanes latinos por patrones de revólver al cinto y pasamos de campesinas hijas de millonarios, a modelos siliconadas bajadas de la loma más peligrosa de la ciudad. Pasamos del “¡maldita lisiada!” al “¡te vas a morir gonorrea!”.
Y todo por cuenta de un tipo que se cree escritor y que parece el hermano bobo de Marlon Becerra. Poner en jaque a Gustavo Bolívar parecería asunto de frustrados libretistas envidiosos; el tipo ya se llenó de plata burlándose de la memoria histórica del conflicto colombiano, hizo el oso diciendo pendejadas en cuanto foro lo invitaron y, aun así, sus narconovelas siguen tan campantes. Cuando creíamos que nos podíamos dar por bien servidas, RCN TV ya tiene preparada una nueva narconovela sobre el Cartel de Cali.
Todo deja huella, en especial la televisión. Esos amores de melodrama los podemos ver en nuestras madres, mujeres soñadoras que, viviendo en medio de la violencia del narcoterrorismo de los años ochenta, nos ponían a cantar viejas baladas románticas mientras nos hacían el desayuno. A pesar de que tiempo después ese melodrama romanticón lo convirtiéramos en rabia con el rock de los noventa.
Ya quedan en el olvido los tiempos en los que el llanto de desamor de una mujer engañada por un galán de hacienda nos encogía el corazón. El melodrama latinoamericano que caracterizó nuestros relatos televisivos y radiales, hoy no es más que nostalgia. Nos avergonzamos vilmente de esas historias que nos arrullaron en nuestra infancia y sacamos a relucir nuestro gusto por producciones del norte respaldándolas con argumentos sacados de teorías europeas recalentadas. Como diría la letra de Frente a Frente, vieja canción de plancha: “queda… que poco queda…”.
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