
VIDA SALUDABLE
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Veo cada vez con menos sorpresa, cómo varios de mis ex beodos amigos de rumba se convierten al estilo de vida saludable. Tal vez su estado civil (casado/a o solterón/ona), su lento metabolismo o la edad simplemente, hayan sido factores decisivos para que estos nuevos defensores del bienestar y el deporte cambiaran el aguardiente por la bicicleta, el cigarrillo por los tennis, el caldo de costilla para el guayabo por avena en agua con linaza.
De un tiempo para acá mi timeline de Facebook me reporta con bastante frecuencia cuántos kilómetros han corrido mis ex compañeros de farra, qué travesía acaban de emprender en bicicleta, cuál es su frecuencia cardiaca y cuántas calorías han quemado. Al comienzo pensé que debería sentirme mal, que mientras ellos habían corrido 2 kilómetros y yo estaba echada en la cama muriéndome de un guayabo ontológico, debería estar haciendo algo productivo con mi vida, haciendo yoga o aumentando la dosis de fibra en mi dieta.
Es que esta nueva onda deportiva, orgánica, multivitamínica y hasta mística es una moda que se tomó los gimnasios, las ciclorutas, las carreteras, los cerros orientales, los supermercados y las redes sociales. La gente ya no toma leche de vaca sino leche de kamut (que no es un primo cercano del mamut sino una especie de trigo), sábados y domingos ya no son días para trasnochar y dormir hasta tarde sino para madrugar y caminar por el corredor de los cerros orientales en grupo o subir a la calera en bicicleta en caravana o meditar bajo el amanecer de la sabana para alinear fuerzas cósmicas y luego seguir tomando leche de kamut.
Cómo no iba a sentirme mal si el único deporte que practico es el levantamiento de botella de trago y el sexo… cuando se puede. Esas notificaciones de Facebook en las que aparece un mapa con el kilometraje recorrido de mis ex colegas de rumba me hacían sentirme cada vez más un ser despreciable, sentía que mi hígado renegaba por dentro, que mis chakras se agarraban a puños, que mis tennis habían dejado de ser dignos.
Entonces me sucedió lo que a San Agustín en sus Confesiones, el haber tocado fondo me hizo recapacitar y salí a comprar pasta sin gluten y empecé a comer quinoa. Incluso quise volver al yoga pero mi incapacidad de encontrar el tercer ojo que me iba a devolver el equilibrio me aterró de nuevo, como también la mensualidad que había subido monstruosamente. Quise volver a mi bicicleta, que montaba cuando no estaba de moda, pero la pobre ya era una reliquia chatarrizada. Hasta empecé a seguir al Dalai Lama en Twitter pero el arrepentimiento por mi vida mundana me seguía atormentando. Me sentía cada vez más cerca de la imperfección.
Las comparaciones son odiosas pero el exhibicionismo de los nuevos paradigmas del deporte y de la vida saludable me obligaban a compararme con sus vidas sanas de manera constante. Llegué a odiarme. Quería dormirme y amanecer convertida en un ser de luz en consonancia con la pacha mama y con la frecuencia cardiaca de un ciclista profesional. Pero como toda moda, vino y se fue.
Pronto dejé de ansiar las posturas yogui y los pantalones bombachos. Rechacé invitaciones para correr la media maratón de Bogotá y me negué rotundamente a suprimir mis comidas por batidos multivitamínicos. ¡Al diablo con ellos!
Mi rebeldía ante el régimen orgánico y saludable se fundamenta en que yo no sirvo para el sacrificio. Seres de luz, reyes del pedal y de la linaza, ustedes podrán verse muy contentos y subir fotos a Facebook sonriendo mientras trepan una colina en bicicleta con apenas unas ojuelas de avena entre la tripa y habiendo madrugado a las 5 de la mañana un sábado, pero en el fondo sé que sueñan con quedarse arrunchados durmiendo hasta el medio día y que añoran un tamal con chocolate al desayuno. De verdad los felicito, tener el valor de convertirse a este jipismo con aires budistas no sólo es un descalabro a la economía sino la manera más piadosa de vivir insípidamente.
Señoras y señores, mientras ustedes siguen echando pedal, meditando y comiendo cosas orgánicas solamente, yo seguiré despachando desde la deliciosa mundaneidad que me permite empuñar una copa de trago, dormir hasta tarde, seguir relacionando al tercer ojo con una referencia vulgar y sexual y pensando que el kamut es un primo hermano del mamut que está en vía de extinción. Me perdonarán pero tanta vida saludable me parece tan falsa como aséptica. La vida tiene sabor, de eso no me cabe la menor duda, y me niego rotundamente a pensar que sea light.
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