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Cartel Urbano
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LA NECESIDAD DEL OLVIDO

Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah

 

Recordar es natural, un quehacer más del cerebro que nos plaga de imágenes, sonidos, páginas vividas. De personas, de momentos, de olores. Todo eso queda guardado en el hipocampo y yo que no tengo ni coña idea de qué es o cómo funciona el dichoso hipocampo, he llegado a odiarle más que a nada: por lo lacerante que resulta la memoria, claro. Ahora para evitar esta reminiscencia, por decirlo de algún modo, científicos del Campus of The Scripps Research Institute de Florida, lograron borrar recuerdos selectivamente del cerebro de un ratón, a lo que la neuróloga de la Universidad del Bosque Pilar Fierro adjuntó de un brinco: “No existen estudios que comprueben que dichos procedimientos incidirían en la memoria de las personas. Sin embargo, en las pruebas realizadas a animales se ha comprobado que, efectivamente, existen zonas del cerebro que sí pueden alterarse mediante estímulos específicos”. Palabras más, una revelación loable, magnífica. Y es que a veces, casi inmóviles sobre la historia, recordamos y nos condenamos cuando lo rentable es ser más olvido que memoria. En otros términos y comprometido también con la hipótesis del olvidadizo, lo dijo Héctor Abad Faciolince: “Tenemos que vivir con la carga del recuerdo. Pero es necesario olvidar, por lo menos a ratos, para poder vivir”.

La pérdida de memoria es un trastorno que el hombre se ha empeñado en contrarrestar, y a Colombia —como a muchos países— le atribuyen una desmemoria deplorable: los asesinatos que ya se ven borrosos con el tiempo, la corrupción, la desigualdad, el pasado. Dicen que es un país —como muchos países— que compele a la amnesia temporal y que va escribiendo una autobiografía saltando zanjas llenas de sangre. Y puede que sea cierto, más que verdadero, pero olvidar libera, y todos queremos emanciparnos del dolor cueste lo que cueste. Permítanme agregar que, a parte de todo, dicen que el pasado y los recuerdos abonan sabiduría al futuro, y yo realmente no siento que este sea un futuro sensato, mucho menos sabio.

Del otro lado de la moneda, porque no hay cielo sin infierno —y la noticia se cuenta completa o no se cuenta—, investigadores de la Universidad Irvine en California descubrieron cómo estimular la liberación de una sustancia química que está vinculada a la construcción de recuerdos en el cerebro —igualmente, con ratones—, o sea, insertar memoria falsa en el mapa neurológico. Pero eso es un asunto demasiado codicioso con el que no estoy totalmente de acuerdo, y necesitaría más de 600 palabras, que es el máximo permitido en esta columna, para argumentarlo. Limitemos nuestras quejas hoy a hablar de lo que se quita y no de lo que se pone. Porque así somos.

A una amiga la violó un campesino hace poco más de un año: un abuso que viene adornado con puños, gritos, lágrimas, cicatrices y conflictos sicológicos. A ella le gustaría olvidar. Mi mamá vio a mi papá desplomarse y quedar tieso sobre la silla de un hospital un lunes hace cinco años: a ella le gustaría olvidar. Pasa el tiempo y los recuerdos nos saltan a la cara, nos dejan gélidos, nos cortan, y aunque también existan algunos buenos, las memorias de confort son las que se disuelven en el olvido con más facilidad.

Somos la memoria que conservamos en el tiempo sin importar lo que carguemos en ella: familia y muerte, perros y cárceles, romances y boletos de avión, adioses. La ciencia tan precisa siempre tan brutal a veces, nos recuerda la grandiosa libertad que existe en la tierra de los desmemoriados. La libertad de sanar olvidando.

 

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