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Cartel Urbano
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EL COLOR DEL GATO SÍ ME IMPORTA

Rastros de carmín
Por Billy Muñeka
@billymk

Dijo alguien en China alguna vez: "No importa si el gato es blanco o negro con tal que cace ratones". La frasecita cruzó el Pacífico acompañada de una descomunal invasión de zapatos para transformase en algo como esto: "No importa que los tacones sean hechos en China con tal que me salgan baratos". Eso en términos castizos se traduce en “a caballo regalado no se le miran los dientes”.

La adicción por los tacones es y ha sido un vicio femenino durante años, pero en el caso de las drag queens y transformistas puede llegar a convertirse en una obsesión tan enfermiza, que algunas de nosotras pueden llegar a poseer más de 30 pares en su armario, pero ese no es mi caso. Solo soy una pobre chica con nueve pares de tacones y dos plataformas que no puede evitar etiquetarse en cuanta foto de tacones se topa en Facebook.

¿Se han fijado en esas alturas sobre las que se trepan las travestis del barrio Santa Fe? Yo alguna vez me pregunté dónde comprarían esos zapatos y la respuesta llegó al encontrar, en un local de la calle 22 con avenida Caracas, a un zapatero de profesión que me mostró las inmensidades que yo siempre había soñado, desde el clásico tacón puntilla de los 80 hasta el fino y delgado tacón italiano de 20 cm. Durante un tiempo llegué a encargarle hasta tres pares, pero años después las maravillas marca Tratado de Libre Comercio (TLC) me llevaron a preferir un par de plataformas chinas de menos de 80 mil pesos en vez de unas plataformas trabajadas a mano por artesanos nacionales de entre 200 y 300 mil pesos.

No me siento culpable por ello, pero debo admitir que desde que se firmaron tantos TLC, gente como yo ha podido acceder fácilmente a productos que hace 6 años no eran fáciles de conseguir. En ese tiempo pasé de una base de cinco mil pesos a una barra de paint stick alemana, y de una peluca sintética nacional de cincuenta mil pesos a una peluca profesional importada desde New York. Las maravillas de la importación sin aranceles han sido un espaldarazo a mi economía personal, han enriquecido mi atuendo, pero hay otros para quienes el panorama no ha sido tan feliz.

Los primeros tacones que tuve en mi vida los compré en un almacén de ropa usada en Chapinero, eran de diez centímetros de altura y no habían tenido mucho uso a juzgar por el escaso desgaste que evidenciaban sus suelas. En ese momento fueron mi mejor opción luego de recorrer la ciudad durante tres semanas buscando tacones altos talla 40. Era frustrante ver que los zapatos soñados solo existían hasta el número 38 y llegaban a los diez centímetros cuando yo me moría de ganas por unos de quince. Y si por casualidad hallabas uno de tu talla, tenías que convencer a la vendedora que te dejara probártelo con el cuento de “es para una obra de teatro”. Aunque pensándolo bien, habría sido mejor ser directa y soltarle escuetamente “¡me visto de mujer, y qué!”.

Pero cuando te detienes frente a una vitrina embelesada por unos tacones rosados en terciopelo con brillantes, hebilla y 15 cm de alto, en lo primero que piensas no es en el artesano que está perdiendo su trabajo con la inundación de calzado extranjero, no; lo que haces en ese momento es preguntarle el precio a la vendedora, y si el bolsillo te aguanta el gustico los llevas sin remordimientos. Y cuando sales del almacén te vas dichosa pensando que ese precio fue una ganga, pero justo en la esquina te topas con otra vitrina donde hay más zapatos y te quedas pensando arrepentida: “ojalá los hubiera visto antes”. Resulta que los malditos zapatos están en oferta por que son saldos de colección.

Y no es necesario quedar embarazada para tener antojos imposibles, y uno de esos fueron unos zapatos de plataforma blancos estilo setentero con 15 cm de un grueso y amplio tacón de madera que fueron mi obsesión durante mucho tiempo hasta que el veterano zapatero del barrio Santa Fe me mostró el molde en madera de una plataforma típica de la época disco; sin pensarlo dos veces los encargué, aun sabiendo lo desangrada que se vería mi economía personal. Dos semanas después me encontré con un par de plataformas que ni en sueños hubiera podido encontrar en cualquier vitrina de Chapinero o el centro de Bogotá.

Y no las encontraré porque esas plataformas no pasan de moda tan fácilmente como sucede con las colecciones de tacones de cualquier vitrina que desaparecen cada 6 meses; no será así, porque detrás de esos tacones trabajados a mano, detrás de ese cuero y esa suela se encuentra una historia de generaciones que ha transmitido un arte que se resiste a morir. Porque aquí, el color del gato sí importa y aquí si le miramos el diente al caballo.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

 

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