
EN TACONES Y EN BUSETA
Rastros de carmín
Por Billy Muñeka
@billymk
Si Bogotá tuviera metro podría darme el lujo de desfilar por la estación subida en mis imponentes tacones a las cinco de la mañana tomándome fotos mientras espero el tren. Y todo esto por menos de un dólar. Esto me ahorraría más de veinticinco mil pesos (unos 13 dólares) en taxis que noche a noche saco de mi bolso para ir a divertir a un público que al igual que yo, sale a las tres de la mañana a regatear el precio de una carrera, en una Bogotá que de noche se parece a esos pueblos fantasmas que salen en las películas de vaqueros del oeste norteamericano. Podríamos decir que la vida nocturna en Bogotá, si es que existe, se parece mucho a cenicienta corriendo a media noche en su calabaza tirada por ratones. La gran diferencia es que aquí, la fantasía se acaba a las tres de la mañana y no hay ratones ni calabazas que te lleven a casa… solo taxis.
Afortunadamente, gracias a mi exuberante imagen de rubia hiper maquillada, piernas de ataque, tacones de vértigo y sugerente vestido, la posibilidad de que uno de esos vehículos amarillos me lleve a casa lo más pronto posible se multiplica. Los conductores se te quedan mirando entre serios y sonrientes y te hacen la conversa: ¿y eso? ¿De dónde viene? Curiosidad morbosa que llaman, vaya una a saber que se imaginan cuando ven a una transformista oliendo a cigarrillo y alcohol subiéndoseles al carro.
¿Y qué esperan? ¿Acaso pretenden que me suba a una buseta repleta de borrachos a las tres de la mañana con reggaetón y vallenato a todo volumen, manejada por un conductor que no supera los 25 años y que se lanza a más de 60 kilómetros por hora por toda la calle 68?
Si señores, el transporte nocturno en esta ciudad del altiplano cundinamarqués es como hacer un paseo por el cementerio a la una de la mañana; cuando te despides de tus amigos y te quedas mirándolos de lejos, en el fondo guardas la esperanza de que algún amarillo los lleve rápido, de lo contrario, tendrán que enfrentarse a la lotería de subirse a algún bus que por lo menos te deje a diez cuadras de tu casa. Entonces tendrás que emprender un camino oscuro y frío por calles que de día crees conocer palmo a palmo, pero que de noche se convierten en verdaderos enigmas porque nunca sabes que puede aparecer al doblar la esquina.
Hace más de diez años que Transmilenio se viene apoderando lentamente del transporte público en Bogotá, y solo hasta este año el recién inaugurado Sistema Integrado de Transporte le dio por crear rutas nocturnas que se estrenaran en diciembre próximo, algo que la empresa de buses rojos nunca hizo desde su nacimiento; las restricciones y frecuentes controles a los sitios de rumba y vida nocturna se vienen incrementado y ni hablar de las limitaciones a la venta de licor. No sé ustedes, pero a mí me suena a sabotaje.
Sabotaje como el que sufrió hace unos meses La Peluquería o hace algunos años ese emblemático edificio de la calle 32 con carrera 13. Pero eso es harina de otro costal, porque si vamos a hablar de espacios culturales el rumbo es distinto.
La cuestión es que una ciudad como Bogotá no puede darse el lujo de dejar morir su vida nocturna para que esta se transforme en un camposanto donde solo se escuchan los búhos y los perros. Además de que puedo correr el riesgo de quedarme sin trabajo. Y eso de hacer shows un viernes a mediodía en un restaurante como si fuera un payaso con megáfono seria mi mayor desprestigio. La verdad sea dicha soy como los vampiros, solo vivo de noche porque de día me quemo.
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