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Cartel Urbano
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PATADAS, PELOTAS, SOCIEDADES

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego

 

Según el escritor argentino Fabián Casas una eminente muestra narrativa en el siglo XX son los primeros minutos del partido futbolístico entre las selecciones de Alemania y Holanda, donde se decidió el ganador de la Copa Mundo 1974. Concederle carácter literario a cierta gesta deportiva parece una broma cínica. Entre puntapiés al balón, vivos colores de camisetas y estrategias más cerebrales que físicas, ese gol por penalti que marca Johan Cruyff tras pocos segundos de haber iniciado el cotejo, en apariencia no contiene trazas literarias. Pero si se miran bien los modos de proceder dentro de aquella tensión futbolística, por ejemplo el desenfado de los holandeses que intentan cansar a los alemanes, ahí pueden hallarse todas las claves de la literatura. Existe un plan previo: directores técnicos y jugadores se han escrutado unos a los otros antes de ir al estadio; una línea de narración imprevisible: dos equipos tan sólidos que, no obstante ir a jugar con deleite, se dirigían a defenderse, a luchar por obtener una victoria sin importar cuánto debieran sacrificar; un punto de giro, una especie de verso brillante en pleno inicio del texto: la lentitud de los holandeses, sus devoluciones del balón, como si estuvieran en un entrenamiento convencional. Eso es la literatura, y eso el fútbol. Temáticas que se preparan, estilo para contarlas o darles visibilidad mediante su escritura o lectura, eficacia, ingenio de ciertas imágenes, sensaciones o momentos.

Así como puede compararse con lo literario, la fiesta del fútbol es susceptible de ser equiparada casi con cualquier cosa. Como si esos encuentros de veintidós personas sobre el pasto en torno a una pelota hubieran sido concebidos para volverse alegoría y signo de lo real, sin medro alguno del ángulo desde el cual se miran. Consuelo y solaz al mismo tiempo del individuo común y del intelectual más hermético; excusa y reivindicación de un patriotismo difuso que suelen pregonar políticos y publicistas; religión festiva de algunos nuevos creyentes quienes se creen miembros del pueblo elegido por Yahveh pues portan la colorida camisa que representa al país donde nacieron (un hecho simple, proveniente de otro igual de simple, introducir pelotas en una red, gritar, saltar, emocionarse). Los símiles son abundantes y demuestran algo inobjetable. El fútbol dejó de ser una entretención masiva, se transformó en modo de vida, condicionante del estado de ánimo y termómetro cultural. Nadie puede serle indiferente.
Justo ahora, cuando un equipo de futbolistas colombianos se alista para ir a un Mundial conviene mirar a este frágil motivo de orgullo nacional, a esta pedestre manifestación humana, a este multimillonario negocio con muchísimo cuidado, lejos de prejuicios y de comentarios impulsivos. Durante los noventa minutos de los partidos no será difícil encontrar cadencias propias del ballet, acciones de guerra, idiosincrasia comprensible o absurda (de los burócratas FIFA a los carnavales armados por fanáticos y simpatizantes), demostraciones de heroísmo o de bajeza, diversión instintiva o literales textos móviles donde ir a ver con claridad lo que sucede dentro de este, dentro de otros países (“El fútbol es una metáfora del país”, ha dicho Ricardo Silva Romero).

Y más allá de endilgarle un discurso a este deporte, será mejor asumirlo con la candidez o el desparpajo de gente como el poeta Vinicius de Moraes quien observaba en el futbolista Garrincha a un ángel de corto vuelo, o como el escritor Adolfo Bioy Casares quien decidió convertirse en seguidor del equipo que siempre perdía, pertenecer al bando derrotado le iba bien para evitarse fatigas. Al fin y al cabo, sea un reflejo de la realidad o no, el fútbol es la comprobación de que lo más simple nos define mejor. Porque somos un conglomerado inasible, es mucho más enigmático aquello que consideramos tangible y obvio.

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