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Cartel Urbano
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LA PLAGA DE LOS ARTISTAS

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

Se queja el escritor español Vicente Verdú en el diario El País de la ligereza, la falta de rigor y seriedad dentro del mundo cultural. Su lamento, titulado “Escritores gravemente heridos”, lo conduce a extremos ciegos como por ejemplo declarar la llegada del apocalipsis debido a que hoy por hoy gran número de individuos se creen artistas.

Verdú está muy equivocado. Es cierto que ahora, gracias a Internet y a las amplias propuestas mediáticas, abundan escritores o artistas en todos los tamaños y las presentaciones. Es cierto que esto puede estarse convirtiendo (o ser ya) una plaga imparable: cierta persona cualquiera, con o sin formación, con o sin sentido del recato, por tomarles fotografías a sus platos de comida o a sus mascotas, se considera y se publicita como artista de la fotografía; otra, con acceso a un computador y bastantes ganas de desahogarse, por poner inocentemente unas cuantas palabras sentimentales en un rincón web ya siente valor para declararse poeta. Sin embargo, esta oferta enfermiza de mediocres propuestas artísticas no es el final de las artes, como sugiere Vicente Verdú en su artículo. Al contrario, es una de las motivaciones más soberbias que poseen los artistas auténticos, quienes asumen el arte como un destino y se preocupan por estudiar e investigar dentro de sus propios campos, quienes pueden presentar sus creaciones como fruto de una búsqueda seria.

Entre la grosera competitividad comercial que ahoga a las artes de nuestro tiempo, en este paisaje neurótico donde todo individuo resulta artista, los desafíos son mayores porque la calidad debe demostrarse más allá del anuncio mercantil o del horrendo toldo atendido por vendedores y managers. Con disciplina y persistencia, cualidades de las que carecen los espontáneos e ingenuos fotógrafos de gatos o los poetas asnales. Un botón de muestra: la existencia en nuestro medio del dibujante, pintor, ilustrador José Antonio Suárez Londoño, es ejemplar, asombrosa. No ha tenido que mutilarse miembros –como hacen otros artistas con el fin de que les pongan cuidado– ni posar en televisión, ni hacer monerías a las cuales llamar performances para que su trabajo sea difundido y admirado en el mundo entero. Con su obra fuerte, silenciosa, Suárez Londoño hace mejor lo que otros simplemente intentan pocas veces creyéndose genios pues los felicitan amigos y familiares. Los artistas jóvenes deberían aprender de casos como este. No se forja una obra en dos días ni perdura por efecto de las buenas intenciones. El trabajo artístico –si quiere hacerse bien– es arduo, sacrificado, aunque también divertido.

Gilles Lipovetsky ya había predicho este clima de vulgarización artística hace treinta años en su libro “La Era del Vacío”, sin siquiera imaginar la literal explosión de artistas en este principio de siglo, todos deseando ser famosos y darse fiestas interminables, pero sin empeño en sus supuestos proyectos artísticos, o mostrando productos chabacanos haciéndolos pasar por obras de arte. Vicente Verdú, consciente de tantas mercancías estéticas, llora quizás porque no está vendiendo los miles de ejemplares que solía vender antes de Internet, o por pura nostalgia de tiempos en que le prestaban más atención a lo que escribía. Nuestra líquida época seguirá produciendo montones alarmantes de vacuos artistas plásticos, escritores de pésima categoría, fotógrafos adocenados, estrellas pop efímeras. En paralelo, también surgirán unos pocos creadores que no se engañen con la mentira de la celebridad y del éxito arbitrario, gente cercana a las palabras del músico Rubén Blades cuando habló de sus labores musicales en un documental: “Tener talento no es suficiente. Hay que trabajar”.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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