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Cartel Urbano
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LAS VÍCTIMAS DE LA GUERRA


Por Rubén Darío Higuera

Lo bueno: la circulación gratuita del libro “RECUERDOS DE SANTAFÉ”, de Soledad Acosta de Samper. El trabajo constante de IDARTES. La hermosa edición hecha por Libro al viento, y el ojo –la atención- de Antonio García por y para rescatar parte de la obra de la escritora bogotana.

La expectativa: un texto literario, histórico llevado al teatro. Una adaptación de la obra Las víctimas de la guerra, de Soledad Acosta, realizada por el escritor Juan Carlos Moyano, director y cofundador, con Clara Inés Ariza, de Teatro Tierra, de quien tenemos en la memoria obras de talante y profundidad como El enano, Los ritos del Retorno, El sueño de las tormentas.

El resultado: un silencio constante, un bostezo. Un silencio interrumpido por un bostezo constante. Un constante silencio. Un bostezo. Una obra insípida que sobrepasa la hora y media, tiempo en el que ya hastiados de mirar al frente los espectadores vuelcan los ojos a su alrededor y vigilan manos que se rascan, babas que se prolongan desde el sueño, conversaciones en secreto, risas que no son burla, risas que parecen sueño y que son –sinceras, impostergables- las del aburrimiento. Bostezos. La obra transcurre en un escenario fútil, hecho con velos blancos por los que aparecen y desaparecen los personajes –Felipe, Matilde, Lorenzo, Ramona, algunos soldados, algunos campesinos- al tiempo que una mujer –Clara Inés Ariza, la cofundadora- interpreta a la escritora Soledad Acosta sin darle a ese nombre, a esa otra mujer nada más que el carácter de una pitonisa que mientras escribe, conjura, parece hacer hechizos, se mueve trastornada, tiembla y arruga las hojas en la que sufre su historia, la que sucede entre los velos blancos, la de la guerra. Las actuaciones, de las que hay que rescatar la de Julia Marín por la voz, el rostro que contiene la angustia y por la manera en que asume el papel de Matilde, son pobres, poco matizadas y al igual que la música –repetitiva, tediosa- están como algo más, sin importancia, en todo lo que vemos, lo que creemos ver, lo que soportamos.

Desde la entrada al Teatro Jorge Eliecer Gaitán le dan a los espectadores una insoportable bienvenida como interludio a lo que vendrá. Una mujer lee los textos que componen el libro Recuerdos de Santafé con un tono acorde para celebrar una misa o un funeral y a un volumen estrepitoso que contrastará –luego lo advertirá el público- con el pésimo sonido que llega desde el escenario.

No es un punto a favor para el teatro colombiano, no lo es tampoco para el recuerdo, la añoranza, de esa furia que fue –historiadora, periodista, novelista- Soledad Acosta, quien desde lejos, como escribió en el final de su relato Un crimen, "mora triste y silenciosa, cubierta de canas (…), esperando la justicia de Dios, ya que la de los hombres le ha faltado".

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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