
EL INDECENTE MUCHACHO DE NOVENTA Y NUEVE AÑOS
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@etinEspartaego
Mientras los otros ya están muertos, mientras nosotros mismos morimos, el poeta chileno Nicanor Parra celebra su fresca juventud, noventa y nueve años de edad, como un suceso natural, obvio, atento a las voces de los niños (según la crónica acerca de él, escrita por Leila Guerriero, suele apuntar con letras gruesas todo lo que dicen sus nietos), en medio del aura mítica que le ha permitido seguir siendo un rebelde y a la vez ganarse ciertos favores institucionales, pues sin querer queriendo ha recibido todos los premios importantes a los cuales puede aspirar un escritor de lengua española, del Juan Rulfo al Cervantes. Pero sobre todo como lo que ha sido desde siempre, un cálido, peligroso, necesario e inclasificable artista de la poesía.
El caso de sus escritos es admirable. Piezas con cincuenta o sesenta años de haber sido compuestas conservan una vitalidad y una chispa a prueba del proyectil que quiera disparárseles, sea el de los honorables, estrictos críticos literarios, sea el del individuo común. La gracia, el vigor continúan insertos en algunos de esos viejos poemas que escandalizaron a los académicos y a las mentes piadosas hace tanto tiempo.
Podrá alguien afirmar que no tiene mucha relevancia un aniversario como este, teniendo en cuenta la descomposición social y el horror cotidiano sobre los cuales caminamos a diario. Pero la supervivencia del autor de “Poemas para evitar la calvicie”, la desfachatada actualidad presente en sus poemas y declaraciones, están dirigiéndonos mensajes completamente diferentes: necesitamos unos ojos más suspicaces, más brillantes, satíricos, para soportar y afrontar nuestros sistemáticos desastres.
Parra se burla de todo y de todos. Sin temor a rebasar límites. Para él es tan risible y digno de crítica tanto el victimario como la víctima –sabedor de que esos roles van cambiando con mucha facilidad; quien fue atacado hoy, sin problemas atacará mañana-. Uno de sus blancos favoritos es él mismo y lo que representa. Desde su primer libro las figuras del poeta y de quienes acuden a la poesía, en su perspectiva no están exentas de ridículo. Una gran lección de estos libros (“Obra Gruesa”, “Antipoemas”,”Hojas de Parra”, entre otros) es que el bufón no se encuentra inmune a las mofas ajenas, y que dentro del salón solemne y del discurso rígido también hay bromas, despropósitos. El mundo de este chileno inmortal es una comedia en ocasiones cruenta sin héroes ni villanos. Pasar de esos poemas donde un hombre imaginario intenta sobrellevar una vida imaginaria, o de ese otro donde pretende convencer al lector de no tomar en serio lo que justamente acaba de leer, a padecer los sucesos de la realidad, es simplemente un ejercicio de corroboración. Todos terminamos burlándonos de todos los demás. A veces –pocas– resulta divertido. A veces –la mayoría– el espectáculo acaba en llanto. Quizás habitamos poemas de Nicanor Parra, somos personajes creados por él. El problema consiste en que aún no somos conscientes de esto, lo cual nos hace la vida un tanto más cargante, y también nos expone a ser objetos para las carcajadas de nuestros vecinos, nuestro público.
Larga vida, entonces, al hombre que dinamitó los alambicados amaneramientos literarios en castellano; al profesor de matemáticas y física quien, en venganza contra la poesía (“la poesía me arruinó”) asumió la estampa graciosa del antipoeta; al admirable traductor de Shakespeare, trepado con orgullo sobre su pedestal de cartón, afanoso por decir: “El mundo está triste porque un muñeco llamado Hamlet tuvo un ataque de melancolía”; al insidioso, al fastidioso, excomulgado y proscrito. Alguien le enviará nuestro recado con el fin de festejar entre los suyos el beligerante centenario: ya nos cagaron tres palomas, sin embargo saldremos a la calle y al campo, rogando, eso sí, tal como Parra nos enseñó, que las vacas no aprendan a volar.
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