
COMO LA PIRAÑA CALVA
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
Imaginemos a una venezolana desprevenida alcanzando la cúspide del camino a casa, cerquita del caldo y el chocolate caliente, siendo abordada por dos ladrones encorvados y sombríos que le exigen a gritos entregar el pelo —sí, el pelo—. No importa si le cuelga de los hombros una maleta costosa o tiene en los bolsillos algunos billetes arrugados, quieren su abundante cabellera. Parten una botella contra el andén y empiezan a serrucharle la melena al son de sus chillidos desesperados. La víctima implora, no entiende qué está pasando, piensa que es una violación fetichista o una aberración callejera moderna. La insultan, la amenazan y con la misma botella quebrada le cortan un pómulo. Toman el botín y desaparecen en el horizonte sobre una moto en dirección a la peluquería donde les darán —hablando en pesos colombianos—, por lo menos, un millón a cambio de la pelambrera que han separado de su dueña, quien llevaba años cuidándola con costosísimos tratamientos. Ahora los maleantes reciben unos centavos más por el estado del ejemplar.
La necesidad, recita un antiguo y recalcado refrán, tiene cara de perro. No he visto a ningún cuadrúpedo de estos arrancar un mechón a mordiscos y venderlo en un salón de belleza canino, por más miseria y hambre que pase. Entonces no viene siendo escasez. Tildémoslo de pereza, maldad, “viveza” (el vivo que come y el bobo que mira), qué se yo. Esta historia como sacada de un relato cínico de Saki, no se fundamenta en la necesidad que vive Venezuela y el agonizante modelo económico que se viene desplomando hace años. Es una estratagema carroñera y audaz. Es holgazanería e ingenio humorístico de mal gusto. Un chiste pesado; otra vez la infame humanidad en su máxima expresión.
Esto pasaría. Se podría conjeturar ante la aparición de miles de mujeres con cabello ajeno en la cabeza, que pagan millones por un riso oculto sobre la base del cráneo (humano, que no sea de caballo ni plástico) en las peluquerías de todo el mundo. Se convirtió en comercio, se paga por ello y entonces se roba. Hecha la ley, hecha la trampa. Aguda concepción. El año pasado también se conoció la historia de una mujer en Duitama (Boyacá) a la que le arrancaron el pelo para venderlo en 800 mil pesos. Y en Popayán, y en Bogotá, y en Barranquilla. Al parecer es una maña migratoria, una moda que va cruzando las fronteras en anarquía absoluta y se da el lujo de conocer paisajes internacionales: Venezuela, Colombia, Ecuador, Brasil, etcétera. Mientras más difusión tiene el producto, más seduce al bandido, más se enfurecen los presidentes y más amenazas —casi inútiles— se lanzan en los periódicos y los noticieros. Al final de una buena etapa de coacción, se puede perder la maña entre sus viajes o mutar de regreso, por ejemplo, en forma de hurto a ropa interior usada. Todo puede pasar. En Bogotá la moda es el robo de bicicletas, por el habitual uso que se le da como medio de transporte local. Los ladrones siempre están reinventándose a la vanguardia de nuestras necesidades, moldeándose como plastilina y pegándose de lo que más usamos y necesitamos.
‘Las pirañas’ (nombre de la banda de ladrones capilares en Venezuela) está bajo investigación en el país; en éste y en aquél. La policía de Maracaibo ha levantado la sospecha que son colombianos y que venden las melenas en Cali. Se especula de todo un poco —como es costumbre— y puede que termine en nada —como es costumbre—, en una calvicie femenina impune y un montón de historias salerosas de algún bromista público. Ahora las mujeres venezolanas, asustadas e indignadas, se vacunan para evitar un mal episodio: venden el pelo antes de que se lo roben. Así terminaremos todos, vendiéndonos, recibiendo, al menos, un centavo por nuestra vida antes de que nos la arrebaten con una botella partida en algún andén.
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.