
SANTOS, PRIMER DESPISTADO DE LOS COLOMBIANOS
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
Alguien, por favor, recuérdele a Juan Manuel Santos el cargo que ocupa. No es pedir mucho. Y de todas maneras, si recuerda que es el presidente de un país, más allá de pronunciar discursos colmados de retórica vacía y de calmar con sonrisas falsas los ánimos enardecidos de agricultores, universitarios y transportadores, muy poco puede ya hacer.
Pero no estaría mal que le refrescaran la memoria. A ver si deja de preocuparse por pasar a la historia como fracasado negociador con la guerrilla, dudoso aspirante al premio Nobel de la paz, filántropo malintencionado y de medio pelo que regala casitas por doquier, aunque también obsequia sin pereza, con todo gusto, territorios enteros a las compañías mineras y demás expoliadores de los recursos naturales o humanos. Si su afán es trascender, debe existir alguien que le recuerde justo eso, ya descolló, ya figura en la memoria colombiana: es el mandatario indiferente, el personaje caricaturesco acostumbrado a decir “aquí nada está pasando”, “pensé que las protestas iban a ser mayores”, a voltear la espalda, a negar un conflicto y un caos social desbordado y monstruoso. En este momento regiones como Boyacá atraviesan gravísimas crisis alimentarias y de comunicación con el resto del país.
Que alguien por piedad le encienda el televisor – parece tapar sus ojos a los periódicos o la radio – y le recuerde lo siguiente: esta nación está paralizada; las gentes de las provincias no están jugando cuando obstaculizan vías, cuando se agitan, pues deben echar a perder los frutos de su trabajo (sean leche, papas, arroz, maíz o minerales) al no poder competir con megaempresas ni monopolios. Esto que sucede no es una partida de póker, la diversión favorita del presidente, en la cual los apostadores son despojados de unas cuantas fichas y se levantan tranquilos de sus sillas tras la derrota. Debiera alguien decirle que algunas personas, por ejemplo campesinos o asalariados que ni siquiera alcanzan a ganar el mínimo, no saben cómo apostar, además pagan con sus vidas si les va mal intentando tirar los naipes.
Que alguien, aunque fuera mediante un comentario banal –los preferidos por Santos y al parecer los únicos que entiende– le haga notar algo real, tangible: hay individuos en Colombia que no trafican cocaína, que no ganan millones de dólares en sus negocios ni salen en la portada de la revista Vanity Fair al igual que la primera dama Tutina de Santos; esos seres humanos también existen, aunque él los desconozca o no se dé por enterado. Muchos de estos individuos lo eligieron y es comprensible que hoy estén decepcionados. Más si sus dirigentes los doblegaron a punta de mentiras, promesas incumplidas e ilusiones baratas. Más si el presidente que tienen –educado por Simón el Bobito, para pesar del propio Simón– los subestima, se hace el de la vista gorda o minimiza sus reclamos.
Alguien debe aconsejarle a Juan Manuel Santos, el (en mala hora) presidente de este desorden, que ponga la cara.
Pero primero, con suma urgencia, deberá alguien alquilarle, donarle u ofrendarle como limosna un carácter, una personalidad, justamente una cara. Porque parece que no tiene.
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.