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Cartel Urbano
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“EL ORDEN ES UN DESORDEN”

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote


Aunque parece haber sido escrito esta mañana, el presente texto apareció en el periódico El Mundo de Medellín hace treinta años (Cuadro – El Mundo-19-XII-1983; reproducido por la colección Letras Vivas de Medellín dentro de un libro conmemorativo). Lo escribió Alberto Aguirre, quizás el más fiero y lúcido columnista en la historia del periodismo colombiano. El autor no acostumbraba titular sus textos hace tres décadas, por eso se ha extractado para Cartel Urbano un fragmento mínimo del escrito y se ha puesto como título entre comillas, así como el cuerpo completo de lo que dijo Aguirre. ¿Por qué citar una columna completa redactada hace tanto tiempo? Los vicios y las plagas que se mencionan en ella siguen vivos en Colombia. Sobre todo el engaño colectivo, que nos hace ver bienestar donde no lo hay, y nos despista, no nos permite leer ni entender bien los sucesos. La vigencia del texto es sorprendente sobre todo porque nos comprueba que nuestra sociedad carece, en cierto modo, de redención. Sea este, además, un homenaje al propio Aguirre, quien cumple un año de fallecido.

“Los dos bribones le prometieron al rey la confección de un traje maravilloso, hecho de tela sutil, que sería invisible para los pillos y los necios. Durante semanas y semanas, holgando en su bribonada, los dos pícaros fingían trabajar en sus telares, y los validos del rey, que iba a inspeccionar la obra, aunque nada veían, salían maravillados de la tela inexistente, para que no los tomaran por pillos o por necios. Y el propio rey, al revisar el tejido de los fingidos tejedores, entró en el engaño: no veía género alguno, pero tenía que alabarlo para que no fueran a tomarlo por necio. O por bribón. Y a lo largo y ancho del reino corrió la nueva del maravilloso traje, de mágicas virtudes, que luciría el emperador en el desfile de aniversario. Llegado el día, en el salón del trono, ante los cortesanos, los dos bribones hicieron desnudar al emperador y le fueron ciñendo, en mímica ilusoria, un traje hecho solo de quimeras. Al desfilar luego el rey, bajo su palio imperial, la multitud lanzaba exclamaciones de asombro: pero todos hubieron de alabar el traje inexistente, por veneración al monarca y para que no los fueran a tachar de pillos o de necios. Y los cortesanos ensalzaban al soberano cubierto de tan espléndidos brocados. Y los pajes que cargaban cola imaginaria también cantaban loas. El propio rey, aunque tiritaba, se pavoneaba como si fuera cubierto por la ropa más rica: además, se lo decían sus cortesanos, sus pajes y sus vasallos.

“De pronto, en medio del murmullo colectivo, desde un rincón exclamó un niño: ‘El rey está desnudo’. Y se deshizo el encantamiento.

“Andersen, en ‘El traje nuevo del emperador’, recoge una vieja leyenda, que da fe de un fenómeno conocido: la alucinación colectiva. Primero los cortesanos, por temor a perder sus cargos, luego los validos y los áulicos, los vasallos y los pajes en seguida, por adulación o por miedo, van sumándose a la idea de que el emperador lleva brocado, cuando va desnudo. El rey mismo cae en la ilusión: va desnudo, tiritando, pero se siente arropado. La creencia común los sustenta a todos en el engaño. Cuando el engaño es total, la farsa se impone como verdad: es la alucinación colectiva.

“Que aún subsiste. La masa, aupada por los medios de comunicación, zarandeada por una propaganda artera y sin fisuras, recae en estados míticos. Además, resulta necesario al sistema: tan doloroso el mundo construido, tan amargo, injusto y miserable, que es preciso auto–engañarse para sobrevivir: creerse en el mejor de los mundos, aunque esté podrido; creerse con el traje más exquisito, aunque se vaya desnudo.

“Hay guerra y violencia cotidianas, pero todos dicen la salmodia de la paz; hay latrocinios multimillonarios, de alcance internacional, orquestados desde las más altas esferas, pero todos cantan la pureza impoluta del reino; el disparo es el trueno cotidiano, pero todos dicen un silencio calmoso; corre sangre por las calles y veredas, pero todos pregonan ríos de leche y miel. El orden social es una quimera, porque es puro desorden, pero todos cantan alabanzas a la regla y su ornamento.

“No es bueno gritar desde un rincón, de súbito, que el rey está desnudo.

“Por eso unos se extrañan de que alguien, zafándose de la alucinación colectiva, diga que el rey está desnudo. Y que el orden es un desorden. Cuando todos tapan, el que destapa parece ir en contravía. Pero es ése el que lleva el camino. Porque señalar la alucinación colectiva no es contradecir, sino decir la realidad”.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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