
ALIMENTARTE Y UN VEGETARIANO INGENUO
Conocimiento vulgar
Por Ángel Carrillo
@einyeah
"Más de 200 restaurantes de la capital y del resto del país en una fiesta alrededor de la buena mesa”, escribió Harry Sasson sobre Alimentarte, el festival de las letras grandes puestas sobre la carrera quince, más abajo del caño donde apareció y desapareció Colmenares.
Con esta premisa, me armé de mi sombrilla el último domingo del evento y aposté que entre “más de 200 restaurantes” había, a la sombra del humo espeso que deja la carne, al menos uno de comida vegetariana. En Bogotá actualmente son más —y crecen como el río de perros callejeros sacrificados— quienes han cambiado su dieta carnívora, bien sea por salud, por principios, por ética, por música, por moda o por bajar los kilogramos que consideran sobran en su estructura corporal. Realmente un porqué es innecesario, no se hace mejor persona con sólo permutar la chuleta por el brócoli, tampoco por ir a la iglesia cada domingo. Alejarse de los placeres de la proteína animal y acampar en la firme elección vegetal, tan aburrida a veces, es un modo de vida que algunos deciden adoptar, como se adopta un gato; se alimenta y se cuida sin ser una obligación.
Entrando al evento me estrellé con un oso morado que repartía papel higiénico y abrazos, él veía con claridad y nostalgia mi futuro. Justo a su lado estaba la taquilla, donde se cambiaba el dinero que ya es de papel, por otro igual pero plastificado. Qué melancolía recordar los bazares bailables del colegio comprando tickets para el almuerzo de la familia. El día ya tenía un augurio sombrío, la lluvia quería cobrar venganza. En menos de diez minutos se rompió el cielo y desató una lucha sombrilla a sombrilla por todo el lugar. Era imposible moverse con tranquilidad, la grama y el sendero estaban llenos hasta el borde. No se puede culpar a los organizadores por la lluvia, ni por las veces que me pisaron entre el tumulto, pero, ¿cómo prometían un día tranquilo en aquel campo de batalla? Seguí avanzando en la inocente búsqueda por un restaurante para personas como yo, uno diferente al llanero que cerraba el primer trayecto del evento, donde habían empalado a cuatro animales enteros, despellejados, sobre una hoguera infernal como entregados en sacrificio por los pecados de esta humanidad, un ruego al cielo. Hasta ese momento sólo había encontrado La Totuma Corrida y Conosur, que no son vegetarianos pero si el hambre me vencía en mi ingenuo ideal, podía terminar allí pidiendo que me cambiaran el lomo de res por más arroz. Es importante resaltar que algunos precios eran más altos en el evento que en los propios restaurantes, donde uno no se moja mientras come, le llevan el plato caliente a la mesa, puede pedir ají y hasta le quedan servilletas para el camino. La idea de Alimentarte siempre ha sido un plan diferente, y ahí estaba yo, incómodo pero diferente.
Empapado, seguí las huellas barrosas estampilladas en el piso que dejaba la gente y que conducían a la salida del lugar. Debo admitir que los baños eran buena trinchera, además de tener el diseño más “chic” de todo el festival. Lastimosamente no iba por los baños, eso vendría después, lo que me importaba era encontrar un puesto de comida vegetariana entre los “más de 200 restaurantes” —repito el mantra gracias al señor Sasson—. Fue entonces cuando vi Orgánicos del Cielo, un epígrafe prometedor, casi engreído. Lo único vegetariano era un sándwich de berenjenas asadas que costaba más que cuatrocientos gramos de chatas. Y eso es caro cuando uno sólo come plantas.
Yo no sé si en medio de la multitud desenfrenada y húmeda perdí mi objetivo, lo dejé pasar o él me ignoró a mí. Tal vez me esté equivocando y espero que así sea, pero no encontré ni un solo restaurante especializado en este tipo de comida después de darle dos vueltas al Parque El Virrey (que bien pequeño se le quedó al evento). Terminé comiendo en Conosur, un revoltijo frío de fríjol, aguacate y arroz. Como el sorpresivo relleno de un Gansito, dentro me encontré un pedazo de carne cortada con desdén que me arranqué de la boca inmediatamente. La verdad lo escupí. Fue una experiencia de gastronomía para un buen tajo de población bogotana, para mí, de gastritis.
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