
CLIMA DE MIERDA
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
El clima es el tema al que, por excelencia, recurrimos para llenar esos silencios incómodos que con frecuencia nos persiguen. Qué frío, qué sol, qué lindo día, qué feo día… siempre le apuntamos a una referencia climática esperando romper el hielo. Y sí funciona, especialmente en Bogotá. En otras ciudades puede ser una simple convención, una línea aprendida y que se dice de manera automática, pero en Bogotá el clima es un tema casi trascendental.
El clima de Bogotá es capaz de volver bipolar a cualquier diseñador. En un día capitalino, con mucha frecuencia, experimentamos las cuatro estaciones, y con los mismos chiros. Por eso vivimos jodidos de la garganta, muertos del frío y del calor, comprando sombrillas cada ocho días porque los fuertes vientos que atacan esta ciudad vuelven ropa de trabajo a cualquier paraguas.
Es verdaderamente admirable la bravura con la que tanta gente toma su bicicleta en medio de un sol mañanero, que pareciera robado de Girardot, para ir hasta su oficina y llegar quemado hasta el tuétano, para luego devolverse en medio de un aguacero inclemente, chorreado hasta el mismísimo de cuanto charco o lodazal se le atraviese por en frente, o le salpique generosamente cualquier gentleman del volante capitalino.
El clima de Bogotá es bipolar, ciclotímico. Me atrevo a afirmar que fue él quien arruinó la prometedora carrera de Max Henríquez, quien se cansó de hacer cálculos metereológicos, traicionado siempre por la personalidad voluntariosa de este clima montañero. El IDEAM goza de credibilidad solamente por sus pronósticos de catástrofes en otras ciudades del país, pero sabe que con Bogotá cualquier cálculo es traicionero y desagradecido.
Por eso es que no hay informes del clima en los noticieros locales, por eso es que no existen ni calentadores ni ventiladores en las casas rolas. Por eso es que oscilamos entre la ruana y la sandalia. Con Bogotá nunca se sabe. En Bogotá la amigdalitis, la rinitis, la sinusitis son el pan de cada día, por eso es que aquí vale la pena ejercer como otorrinonaringólogo. De pronto Bogotá sea una de las ciudades que más ha cambiado su personalidad por el cambio climático. Si antes era una fría paramosa, ahora es una esquizofrénica sofocante, asfixiante y congelante. Si antes estaba poblada de mamíferos peludos preparados para enfrentar los vientos helados ahora está poblada de lampiños con gafas de sol y esqueleto, pero aguerridos al momento de aguantar frío.
El clima de Bogotá es un desafío para el diseño de modas. Un enigma malvado que conspira a diario con nuestros bronquios. Creo que quien haya vivido las inclemencias de este clima cachaco cumple con suficientes prerrequisitos como para pasar un invierno por allá arriba cerca al polo norte, o un verano en el infierno. Así que, cuando un bogotano habla del clima, no está haciéndolo por quemar tiempo ni por romper el hielo, ni siquiera por ser cortés, ¡no!, lo hace porque es inevitable, porque es un drama que cargamos a cuestas, es el niño temperamental que vive alterando nuestro ánimo, haciendo que lleguemos tarde a todos lados, haciéndonos dudar sobre nuestro atuendo diario, volviéndonos vulnerables a todos los tipos de gripa. Porque, habitantes del DC, Bogotá podrá ser muy bonita y todo lo que quieran pero, ¡coño!, qué clima de mierda.
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