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Cartel Urbano
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LAS CAMPAÑAS DE LOS CAMALEONES

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

Los cambios y mutaciones en este país no sólo son drásticos hasta el absurdo. Además horrorizan. Las modificaciones de personalidad en algunos colombianos demuestran, sin mayor análisis, que habitamos un circo poco divertido y a veces muy peligroso. Los ejemplos saltan a la vista: el antiguo consejero de paz del gobierno, Luis Carlos Restrepo, solía escribir ensayos en los cuales defendía la ternura y el amor desinteresado; hoy es prófugo de la justicia tras haberse degradado por el exceso de poder y prebendas que le otorgó su cargo. El columnista, buen escritor en ocasiones milagrosas, Plinio Apuleyo Mendoza abandonó su militancia de izquierdas para convertirse en un defensor furioso, pendenciero, de las ultraderechas guerreristas, mudanza que terminó por dañar su estilo de escritura: hoy resulta totalmente ilegible. También en insufribles frivolidades las transformaciones asustan a quien las contempla. El cantante Juanes fue, aunque cueste creerlo, un abanderado del Heavy Metal durante la última década del siglo pasado. La actualidad lo descubre en una faceta grotesca de azucarado, empalagoso baladista pop (claro, con gruesas ganancias en su bolsa).

Cambiar, dejar lo que se era en pos de nuevos hallazgos o de actitudes distintas ante la vida, es moneda corriente dentro de las lógicas de la especie humana. Para el caso de algunas figuras públicas colombianas este devenir se vuelve nefasto por nuestra histórica inclinación a la impostura, a la exposición grosera de lo que no somos ni podemos ser mientras intentamos ocultar en vano la verdadera cara, quizás no tan brillante, no tan talentosa como la pretendemos. Cuando la simulación empieza a afectar ya no a cientos sino a miles de personas el problema adquiere carácter riesgoso y produce consecuencias imprevisibles. Hay una distancia enorme entre la deformación de una carrera actoral gracias al sucio imperio del melodrama televisivo (lo que le ha ocurrido a la actriz Carolina Ramírez, ayer con un futuro promisorio en el arte teatral, hoy una simple protagonista de lloriqueantes telenovelas) y la monstruosa, vil perversión de ciertos políticos y de sus contrincantes, pues deja odios, muertos y desgracias por doquier.

Es posible que nadie represente mejor estos macabros juegos de identidades trocadas cada cierto tiempo que un individuo como Francisco Santos y sus enemigos, los guerrilleros de las FARC. No es casual que este señor destape sus intenciones de ser presidente de la república mediante unas vallas donde aparece Iván Márquez, comandante negociador en La Habana. El otrora periodista ligero del diario EL TIEMPO, vicepresidente del gobierno Uribe, en su afán de infundir miedo para que voten por él, se sirve del rostro de quien odia. Hasta ahora promover la guerra sin piedad es su único argumento de campaña, y tal vez sea el único que tenga a mano. No conforme con representar muy mal el papel de hombre serio y decente, tras fracasar como informador, como funcionario público, incluso como persona –no conviene olvidar sus opiniones irresponsables acerca de los universitarios, sugirió electrocutarlos, en clara semejanza con los subversivos a quienes ataca-, por estos días manifiesta el deseo de regir los destinos de la patria. Sus contrapartes, los guerrilleros, también andan en campaña dispuestos a que les creamos que son respetables, cuando en la vida real no son mejores que él: insisten en presentarse como representantes de la población entre secuestros, asesinatos y atrocidades.

La nación en manos de mutaciones nocivas: una persona sin la menor capacidad de dirigencia, mañana más camaleónico que hoy, y un ejército delincuencial, con una visión trasnochada, falsamente socialista del estado. Cabe pensar que si los cambios son tan dramáticos, en algún giro, por algún rincón del porvenir, alguien, algunos, muden para bien. Es improbable, pero de cuando en vez resulta necesario guardar unas míseras migajas de esperanza.

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