
¡A MI NO ME GUSTAN LOS HOMBRES!
Rastros de Carmín
Por Billy Muñeka
@billymk
Siempre que voy a un concierto algo me tiene que pasar, ya sea un borracho echándome los perros delante de la esposa o algún anónimo que me jala la peluca camuflándose entre la multitud. El caso fue un viernes de septiembre de 2010 saliendo de una presentación de La Prohibida en el Teatro Metro. Estaba sentada tomando un poco de aire y descansando de los tacones al frente del lugar junto a un grupo de artistas, cuando un hombre blanco joven con camiseta de metalero que venía caminando desde Chapinero a las dos de la mañana se le acercó a mis amigas Isabel y Lili pidiéndoles un poco de trago, pero sin quitarme la mirada de encima. Como si no tuviera nada más que hacer, el tipo que tenía nombre de lapicero, Norman Legro, se nos pegó cuando decidimos caminar una cuadra para tomar un taxi. Como iba en tacones, puse mi mano en su hombro para apoyarme en él y bajar el andén pero el susodicho personaje me espetó lo siguiente: ¡a mí no me gustan los hombres!
¿Cómo así? ¿Ahora resulta que si una persona transgenerista u homosexual te toca entonces te conviertes en homosexual por simple cuestión de osmosis? Uno de los aspectos menos mencionados cuando se habla de intolerancia y homofobia son las absurdas creencias y ridículas suposiciones a las que te enfrentas en la vida diaria cuando tienes una orientación sexual diversa. Incluso cuando alguien dice que tiene amistades LGBT, su círculo de amigos en tono de burla le advierten porque “lo pueden estar seduciendo”. Una pavorosa regla de tres según la cual si eres homosexual o bisexual, por consiguiente eres promiscuo y le coqueteas a todo el mundo.
No es difícil encontrar personas que por mostrarse tolerantes, liberales y de ‘mente abierta’ dicen: “yo no tengo nada en contra de los gays, incluso tengo amigos que son así, pero desde que no se metan conmigo todo bien”. ¡Qué gran noticia, tener amigos homosexuales, bisexuales o transgénero es garantía de no ser homofóbico o intolerante! Valiente triunfo; y qué me dicen de la advertencia final: “desde que no se metan conmigo todo bien”. Sutilezas inútiles que no logran ocultar una hipócrita cortesía para aparentar ser política y moralmente correctos.
Todo sabemos que el humor colombiano tiene un capítulo especial para gays y transgeneristas, incluso como sinónimo de ridículo. Sin embargo, nos reímos con el arsenal de chistes despectivos y de mal gusto que acostumbra designar como gay a todo aquello que no entre dentro de los parámetros de la masculinidad latinoamericana, incluso comparando homosexualidad con feminidad. Dicen en la academia que la cultura se narra a sí misma en los relatos mediáticos, especialmente en la televisión. Dadas las circunstancias, al igual que a los boyacenses, a la población LGBT le ha tocado ser un chiste de Sábados Felices.
A veces la paranoia del machismo latinoamericano por reafirmar su masculinidad, llega hasta el extremo de mantenerse a distancia de lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas. Toman fuertemente a sus novias de la mano, se evidencian más cuando ven pasar a una mujer bonita y se yerguen de un modo ostentosamente macho como Bruce Willis o John Travolta, y cuando te saludan te dan un fuerte apretón de manos acompañado de un cómico engrosamiento de la voz, todo ello aderezado de una actitud de pandilla que los haga ver alternativos. No te miran de frente y torpemente intentan usar un lenguaje no ofensivo para no ser catalogados de groseros, manteniendo prudentemente su distancia contigo. Te tienen miedo.
Con el paso del tiempo, cuando supuestamente son tus amigos, suelen hacer tandas de chistes de homosexuales afeminados delante de ti y luego se excusan diciéndote: “fresco, es solo un chiste, todo bien”; pero ellos siguen riéndose a tus costillas recordándote que son tus amigos. Lo paradójico de todo esto, es que después de aguantar por pura amistad sarcasmos nada agradables respecto a tu sexualidad, delante de cada uno agregan una molesta muletilla que evidencia una hipocresía vulgar: “¡Con todo respeto!”.