
MEJOR CORTO QUE LARGO
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Una de las frases más temidas de la cultura judeo-cristiana es “hasta que la muerte los separe”. Pero, claro, ¿quién no se espanta con esa sentencia? No deja de ser una imposición aterradora más del lado de lo inmutable que del constante cambio que trae la vida día a día. De pronto es por esta concepción de “eternidad” tan terrorífica que algunos seres humanos corren despavoridos cuando de matrimonio se trata. Es que el matrimonio es un contrato a largo plazo que obliga a que queramos a otra persona para toda la vida, ¿y si cambiamos de parecer mañana?
Los proyectos a largo plazo son camisas de fuerza, planes que se fundamentan en ilusiones, a veces tan frágiles como cáscaras de huevo. El largo plazo es incierto y costoso. Los créditos a largo plazo nos cobran intereses más altos que, muchas veces, nunca acabamos de pagar. Los planes a largo plazo despiertan irresponsablemente grandes expectativas, levantan altos castillos de arena que mueren con la primera brisa.
Las cosas en el corto plazo son más reales, menos pretenciosas. Los planes a corto plazo se alcanzan más fácilmente y las cuotas a corto plazo se pagan más rápidamente. Dentro del corto plazo están el mercado, los servicios públicos, las vacaciones de puentes festivos. La vida real.
Dentro del largo plazo están las aspiraciones financieras, las metas profesionales, los sueños románticos al lado de príncipes que aún no llegan. El largo plazo es etéreo, ambicioso, tan amplio como pueda abarcar nuestro ojo, tan cambiante e inestable como la vida misma.
El largo plazo es el camino fácil. Lo predecible. Lo que está definido por los cánones sociales. En la planificación de nuestra vida a largo plazo estamos destinados a volvernos profesionales, padres de familia, trabajadores eternos. A largo plazo pensamos pagar nuestras casas, el colegio y la universidad de nuestros hijos. Para ello trabajamos a diario, pensando en ese futuro tan lejano en el que por fin se harán realidad nuestros sueños. Por esos sueños cargamos hipotecas, préstamos, créditos impagables, títulos de ahorro que acabaremos de pagar, con suerte, en la tercera edad.
Los planes a largo plazo son exigentes y frustrantes. Se maquillan de recompensa y son más parecidos a una mortaja. Casi siempre son ajenos, impuestos. Son los verdugos del ahora, de la vida que se pasa mientras soñamos en vano.
La vida a corto plazo, en cambio, se llena de sucesos, se vuelve ligera y palpable. En el corto plazo las palabras se vuelven acciones, los sueños: llamas o cenizas. Vivir la vida en el corto plazo se ajusta más a su condición siempre cambiante, se vuelve más documental y menos largometraje.
Les confieso que desde que decidí vivir mi vida a corto plazo soy más feliz, duermo mejor, disfruto más los días. Es mejor corto que largo, me atrevo a afirmarlo y lo recomiendo. Vivan la vida en el corto plazo y destronen esos ideales inmutables que los espían desde el limbo, atormentándoles la existencia. Nadie vive feliz hasta que la muerte los separe. Cultiven más un te quiero hoy que una promesa de amor eterno. Traten de vivir más con lo que tienen a la mano que con lo que podrían o deberían alcanzar. Usen menos el modo condicional y más el presente simple… y no olviden que la vida es un ratico.
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.