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Cartel Urbano
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PARA TIRARLES TOMATES

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

 

“Tomate Partido” o “Partido Tomate”, o “Tómate Partido” como les gusta llamarlo también a sus simpatizantes (según ellos mismos por la inocente idea de que cambiando una tilde ya puede cualquier ciudadano apropiarse o tomarse a la agrupación) era, hasta hace unos pocos meses, un combo de personas que atacaban a tomatazo limpio las vallas donde se exhiben con gran pompa, sin sentido del ridículo, los políticos en campaña o el presidente de la república promocionando su gobierno de la supuesta prosperidad. La idea, más estética que política, era manifestar indignación por la corrupción administrativa, los diversos robos al fisco que nos están convirtiendo en un país decadente, y las promesas incumplidas ya típicas en nuestros dirigentes. Aun promueven actos multitudinarios de tomatazos y, de acuerdo a su ambiguo discurso en Internet, pretenden mostrarse como alternativa al pésimo manejo institucional que nos destruye sin pausa.

En días recientes pelaron el cobre y demostraron las verdaderas intenciones que se esconden tras estos actos de rabia infantil: le solicitaron al Estado personería jurídica de partido político. Esto significa que desean identidad de conglomerado aspirante al poder, a participar en las elecciones, a entrar en la rapiña por los cargos públicos. El Partido Tomate no se diferencia así del Partido Liberal, por ejemplo, ni del Conservador ni del Puro Centro Democrático (cuyo dueño es el infatigable e intrigante Álvaro Uribe Vélez). Aunque digan en Facebook y Twitter que están cansados de la politiquería, y aunque se proclamen diferentes, innovadores, muy cercanos al sentir popular. Ya están asemejándose a lo que odian, porque nadie puede ser crítico del orden establecido demostrando ganas y propósitos de pertenecer a ese orden establecido. Es una pena. Parecían serios como fuerza ciudadana de protesta, pese a que su ideario esté basado en un simple rechazo emocional ante nuestras peores lacras, a que más allá de convencer gente para arrojar tomates a unas fotografías no existan entre sus anónimas (o camufladas) cabezas ni una sola propuesta convincente de transformación social. Tan solo están llenos de furia –por eso lo de los tomates– y desean solucionar los problemas de Colombia quizás ocupando una silla en el Congreso. O un Ministerio. O, si los dejan, la primera magistratura.

Con este partido de tomates sucede lo mismo que les ha ocurrido a la mayoría de anti políticos o de conductores insólitos a quienes hemos debido padecer por lo menos desde la redacción de la Constitución del 91. Realizan tal o cual locura, se ganan al electorado con prácticas pueriles o salidas de lo común. Es historia conocida sobre todo gracias al máximo representante de estas conductas, Antanas Mockus: buenas intenciones, maromas con aire pedagógico, actos no convencionales, pero en el fondo un deseo insaciable de poder y de prestigio que permita extractar algo, aunque fuese tajaditas, pedacitos, del tesoro nacional.

Un paisaje sombrío se cierne sobre el territorio colombiano, cada vez más entregado a las corporaciones extranjeras, con un conflicto interno avivado por el narcotráfico y, entre tantas y tales calamidades, con asociaciones dispuestas a solucionar esto mediante gestos de desahogo, sin programas, sin proposiciones específicas en lo económico ni en lo político.

Cuando cumplan su sueño y lleguen al poder (si llegan), otros, tanto o más cándidos que ellos, serán los encargados de tirarles los tomates. Tendrán que aguantarse. Y quedarán en veremos las búsquedas de un consenso para legalizar las drogas, para una mejor distribución de los recursos. Así hemos sido en Colombia. Así, por lo pronto, seguiremos siendo.

 

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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