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Cartel Urbano
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EL DESEO DE ESTAR SIEMPRE EN OTRA PARTE

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

 

Olvidamos de prisa en este país. Quizás debido a la frenética sucesión de noticias que se devoran unas entre otras. La crisis del Catatumbo engullida por los actos fracasados de servilismo del presidente Juan Manuel Santos ante el Comité Olímpico Internacional; la espera de un asilo político por parte del valiente Edward Snowden, satanizado como espía gracias a los Estados Unidos, velada por el inminente fallecimiento de Nelson Mandela, una de las pocas personas en la historia a la cual el título de político no le queda grande. La atención se diluye con rapidez entre avalanchas de informes, comunicados, estadísticas, chismes. En vez de disipar la zozobra y la impotencia, la explosión periodística provoca en sus consumidores, espectadores y víctimas una sensación muy extendida en esta patria: mezcla de indiferencia, resignación y ese olvido semejante a un río turbulento que arrastra por igual toda acción, la delincuencial y la altruista.

Hubo alguien en esta tierra para quien estas temáticas fueron su mayor preocupación y el motor mismo de su existencia. Era, en sus propias palabras, “madre y poeta” y entre nosotros pasó con el nombre de María Mercedes Carranza. Su lucha contra el sinsentido de la vida y contra la desmemoria asesina no solo está reflejada en sus libros de poemas (del sardónico primer volumen titulado “Vainas” hasta el último, “El Canto de las Moscas”, extraño compendio de miniaturas donde quiso dar cuenta del espanto y la atrocidad en masacres y magnicidios), también en su labor como fundadora de la Casa de Poesía Silva, lugar donde se propuso que la lectura de versos y el encuentro con literaturas fuera más familiar para cualquier ciudadano sin importar su edad ni condición, y en sus esfuerzos por devolverle el poder de opinión a la gente mediante la cultura: muchos tal vez la recordarán como cabeza de eventos multitudinarios en torno a la poesía ( “Alzados en Almas”, “La Poesía tiene la palabra”) o como colaboradora en la redacción de la tiroteada Constitución Política de 1991. A María Mercedes Carranza le dolía Colombia por las mismas razones que hoy duele tanto. Un territorio injusto, vil y necio. Y el malestar se le agudizó hasta convertírsele en una dolencia por el existir mismo. Sus enemigos la catalogaron siempre de señora aristocrática que se lucraba de la poesía. Pero basta leer esos textos donde muestra las llagas de Colombia, además de sus propias heridas, para notar otra intención, la de procurar comprender a través de la escritura por qué somos como somos, y por qué nos costará muy caro superar nuestros fatales abismos.

La altísima sensibilidad de María Mercedes Carranza terminó por ganarle la partida. Antes de su suicidio en 2003, hace exactamente diez años, vio cómo el propósito de una carta política decente se difuminaba entre intereses mafiosos y politiqueros, cómo este país entraba en un periodo de violento oscurantismo con el inicio del gobierno Uribe Vélez (periodo del que no hemos salido, aunque muchos opinen lo contrario desde los canales de televisión), cómo su obra en la Casa Silva empezaba a desdibujarse a la par con el secuestro de su hermano Ramiro. No soportó respirar con “el deseo incancelable de estar siempre en otra parte”, según dice un verso de su poema “El Corazón”. Sin embargo, de todas las batallas donde fue derrotada hay una en la que logró vencer, la pelea con el olvido. Ahí están sus poemas directos y desparpajados para comprobarlo, textos donde se observa desnudo a un país enfermizo, en permanente negación de sus flaquezas. Leemos para entender, para entendernos. Leerla sirve, a una década de su partida, como un medio para comprender mejor qué está sucediendo. Nada de “paz en su tumba”. María Mercedes Carranza, con su voz triste, sigue entre nosotros.


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