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Cartel Urbano
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PASEO TEÓRICO-PRÁCTICO

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax


Este puente del primero de julio, que celebra el día de san Pedro, me lo puse de ruana y aunque no me fui a bailar sanjuanero al Espinal, sí me fui a veranear a Anapoima a un paseo de adultos contemporáneos. Era inevitable comparar el evento con aquellos inolvidables paseos de época universitaria que brillaban por las pocas horas de sueño y un desmedido abuso del hígado y del cerebro. Aunque en esos días universitarios las 7 botellas de ginebra que comprábamos para todo el paseo, ahora, se reducen a 4 y duran más.

En un paseo de adulto contemporáneo se habla de política, se reniega del voto para presidente y alcalde, y se proponen negocios fabulosos que nos van a volver millonarios en pocos años. También se baila, se bebe y se goza, con menos vigor que a los veinte, pero con la misma pasión. Lo realmente diferente de estos paseos de adultos contemporáneos a los universitarios es que están llenos de parejas de casados que pueblan de anécdotas la experiencia.

Viajar con estos matrimonios jóvenes es conocer su relación de alguna manera. Pronto salen a relucir los problemas de convivencia, los roles matrimoniales, los planes futuros, los relojes biológicos, los sueños patrimoniales. En mi paseo de adulto contemporáneo había dos parejas de casados. La primera conformada por un par de sardinos, él rolo y ella paisa, quienes se ensayaban como papás con su perrita Oreo, una bulldog francesa a quien trataban como bebé y limpiaban con toallitas húmedas.

La otra pareja eran dos caleños que llevan un año y medio de casados y, todavía, se les ve el amor en la mirada. Ambas parejas tienen en común que aún creen en el amor lo cual nos llenaba de esperanza a los demás divorciados que estábamos allí guardando silencio respetuosamente. Sin embargo, la ginebra puso el tema del amor en la mesa muy pronto las parejas empezaron a hablar.

Luego de un colectivo discurso de cómo debería ser el amor, de cómo civilizar la pasión, de gente asintiendo ante los estados ideales de uno de los sentimientos más salvajes, si no el más, con la convicción de lograr domarlo algún día; pronto salieron a relucir los temas domésticos, los cepillos de dientes botados, la ropa sucia sin recoger, las gavetas sin cerrar. En resumen, pasamos de la teoría a la práctica y es allí, en el día a día, donde esos discursos ideales y supuestos se vuelven inútiles.

Entre ginebra y ginebra, piscineada y rasca, concluimos que el amor no tiene fórmulas. No se puede poner en términos racionales el amor, pues viola su primer principio: la irracionalidad, la locura. No podemos quedarnos allí, en la palabra, en la discusión que es el escenario fácil y quizás el camino más certero al fracaso. Debemos arriesgarnos, quizás, como estas parejas de matrimonios enamorados, que creen en este sentimiento -no porque el amor haya muerto o sea una mentira-, ¡No!, de pronto los equivocados somos nosotros, los divorciados, que ante el primer fracaso adquirimos un manto fatalista para referirnos al tema y desconfiamos de cualquier beso y cualquier sonrisa. Desconfiamos de las parejas. Desconfiamos de todo.

Y, claro, mientras las parejas se amaban en la práctica y nosotros discutíamos una teoría no probada y, de pronto, mandada a recoger, Oreo, la perra, acicalada ya por sus padres a punta de pañitos húmedos, salió al campo y conoció el amor, un perro de monte bastante más grande que ella, un perro fiel pues se quedó con ella el resto del paseo sin asediarla pues respetaba su espacio. Un perro bastante más atractivo que el Producto Interno Bruto animal de la zona. Oreo fue, en realidad, quien llevó a la práctica toda esa teoría que nos sacaron las 4 botellas de ginebra en el paseo teórico-práctico para adultos contemporáneos.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

 

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