
¡Y ESE “MAN” QUE HACE AQUÍ!
Por Billy Muñeka
@billymk
El bar se llamaba El Cubo y quedaba sobre la calle 45 abajo de la Caracas, era abril de 2009. La banda sonora estaba teñida de un particular sonido independiente atravesado de Post Punk y New Wave, pero en esa ocasión la música correría por cuenta del sonido garage rock de Los Atroces. Había allí artistas plásticos, dibujantes de comics, ilustradores, fotógrafos, realizadores audiovisuales, teatreros… en fin, un montón de gente; pero quien realmente llamaba la atención esa noche era una rubia de pelo sintético. O sea yo.
Andrés, el bajista de la banda, departía con dos de sus alumnos de comic a un lado de la barra cuando en ese momento uno de sus pupilos, de cabello largo estilo metalero y pinta de rockero bogotano de los noventa le comentó lo siguiente refiriéndose a mí: ¿Y ese man que hace aquí?
¿Perdón? ¿Cómo es posible que después de dos horas de cuidado arreglo, y haber gastado unos buenos pesos en mi transformación, alguien se atreva a referirse a mí como, “ese man”?
No fue la primera ni la última vez que he tenido que aguantar semejante falta de respeto, pero si fue la primera que pude demostrarme a mí misma que ser transformista y gozar con el rock no es una contradicción escandalosa.
Prejuicios como este son comunes no solo en Colombia sino en el resto de América Latina. Es increíble que viviendo la época que vivimos haya personas que todavía crean que por el hecho de ser homosexual, lesbiana o transgenero no te puede gustar el rock y mucho menos aparecerte con tu pareja en un concierto cogidos de la mano. Incluso es común escuchar expresiones despectivas como ¡eso es música de gays!
Hace años cuando surgían historias de encuentros homosexuales entre grandes estrellas del rock como Fredy Mercury, Mick Jagger, David Bowie, Iggy Pop o John Lennon, algunos periodistas de rock (sobre todo en radio) se ofendían diciendo que eran puros chismes malintencionados de algunas personas para llamar la atención, pero si esos mismos chismes se referían al lesbianismo de grandes divas rockeras nadie ponía el grito en el cielo, incluso se regocijaban viendo el beso entre Britney Spears y Madona. Un doble rasero que solo busca mantener sin macha la heterosexualidad del macho rockero tan popular entre los jóvenes colombianos.
Una vez en Facebook alguien publicó una foto de dos muchachos punk besándose apasionadamente, acto seguido en los comentarios varios punkeros hacían la suposición de que no era un beso de amantes sino de hermanos, haciendo la salvedad en que un verdadero punk rocker no era “marica”. Pero en mis sueños prefiero pensar lo contrario.
He soñado muchas veces con ver a miles de parejas sexualmente diversas besándose apasionadamente en un Rock al Parque, a una mujer trans bailando desaforada al ritmo de las guitarras eléctricas o a un hombre trans divirtiéndose en un pogo.
Muchos dirán que cada quien tiene su sitio: heterosexuales machistas con cerveza en mano en pogos a punta de punk y metal; las lesbianas en botas y pantalones de macho al feminismo, la intelectualidad universitaria y las marchas de protesta; los homosexuales de finos ademanes a las pistas de baile y desfiles de moda al ritmo de Shakira, Lady Gaga, Madona y Britney Spears; y las transgenero a las esquinas o peluquerías con música de plancha y baladas románticas.
Sé que habemos muchas y muchos que rompemos esos imaginarios estereotipados; una amiga transgenero es guitarrista de rock, otra es dj de electro pesado, y un hombre trans que conozco realiza performances con música de Rammstein. Pero mientras sigan existiendo suposiciones absurdas la cultura seguirá clasificando nuestras identidades dentro de parámetros totalmente falsos que solo generan más violencia y discriminación.
Llevo años convenciéndome que a partir de nuestra diversidad sexual y de género podemos derribar esa coraza de defensa de un heterosexualismo a ultranza en la cultura musical. Lo comprobé una vez en la antigua Gala de la No Homofobia (hoy Entrega de Premios León Zuleta) cuando actuaba con el grupo de teatro Las Aficionadas de Mujeres al Borde. Luego de la breve presentación que tuvimos me dirigí a sentarme con el público, y justo en ese momento me cruce de frente con Mauricio, un antiguo compañero de la universidad que cubría el evento para una revista; desde los tiempos en que frecuentaba las aulas, Mauricio siempre fue el típico hombre metalero grandulón de pelo largo y vestido de negro con cara de pocos amigos a quien más de uno le temía por su atemorizante personalidad. El caso fue que al verme de frente totalmente transformada se quedó de piedra y apenas pudo articular palabra cuando lo salude diciéndole quién era. Esa expresión de quedarse sin defensas ante alguien totalmente opuesto a él, me llevo a pensar que tal vez esa dureza del rock no sea tan cierta como aparenta, y que el rock en Colombia puede y debería ser sexualmente diverso.
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