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Cartel Urbano
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UN TAL SOLSTICIO

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

El solsticio de verano es el fin de la primavera y el comienzo del verano en el Hemisferio norte. El pasado viernes estábamos en pleno solsticio de verano. Se supone que durante este largo día, el más largo del mes, las libidos se exaltan pues es cuando empieza la cosecha en el norte, síntoma de fertilidad tanto vegetal como animal.

Mi prima que vive en Austria y está casada con un joven nórdico me dice que sí, que es muy probable que la entrada del verano alebreste la libido pues su marido ha estado calenturiento y le pregunta a cada rato que si está preñada; “debe ser el solsticio ese” –asegura-.

Según el etnólogo sueco Jan-Öjvind Swahn, autor de varios libros sobre el tema, nacen muchos niños nueve meses después del soslticio de verano. Swahn también afirma que beber es una de las tradiciones más típicas al igual que los rituales románticos. En las aldeas del norte de Grecia se celebra un ritual llamado Klidonas durante el cual, las vírgenes locales recolectan agua de mar en una olla, recipiente en el cual colocan un objeto personal y lo dejan debajo de una higuera toda la noche mientras la magia del día imbuye los objetos con cualidades proféticas, provocando que las mujeres sueñen con sus futuros maridos.

Si por allá llueve, por aquí no escampa. El viernes pasado de solsticio de verano hizo un solazo que lo único que me hacía pensar era que la forma de vida más digna se encontraba en los lugares húmedos. Y sí, el ambiente estaba acalorado. Tanto sol se traduce en desorden y fiesta. Y, parecido a la tradición nórdica, el viernes pasado en Bogotá no faltaba la excusa para beber.

Sin embargo, a diferencia de las chicas de los pueblos del norte de Grecia que celebran el Klidonas, las muiscas –durante el solsticio de verano- si acaso recolectamos plata en una vaca para comprar una garrafa de aguardiente, esperando a que la magia del anisado imbuya nuestras pupilas con cualidades embellecedoras y podamos soñar con que estamos al lado de una estampa de hombre.

El aguardiente tiene la propiedad de convertir un pedazo de cuero en un príncipe azul en un segundo, pero a marido no llega. Afortunadamente. Seguro que muchas jóvenes el viernes de solsticio se dejaron atrapar por los encantos del guarilaque y se entregaron a la libido alborotada que celebran los paganos nórdicos llevándose a su príncipe anisado si no a la sabana, sí a las sábanas. Esperemos que la emoción del momento no haga caso a Swahn para que no llenemos de frutos muiscas este sobrepoblado vividero por cuenta del solsticio. ¿A quién podrán culpar estas incautas libidinosas del 21 de junio? ¿Al guaro, al sol, al inicio del verano, a las cosechas? Lo que menos necesitamos en este país es llenar los expedientes del ICBF con nombres de hijos de un tal solsticio que no responde por ellos.

Paganos celebradores de estos calores de medio año, les deseo toda la fertilidad, pero por allá, en el mundo desarrollado, donde necesitan gente porque se están quedando sin habitantes. Allá, al lado de Stonehenge, en las planicies de Salisbury, donde no sale el sol pero llegan miles de personas a apreciar la nublada luz que anuncia el día más largo del año y la apertura a la fertilidad. Que ojalá mi prima se preñe gracias al efecto del tal solsticio pero allá, lejos, donde la educación es gratuita y los derechos humanos se hacen valer. En cambio, a los solsticiadores aguardienteros de por acá lo único que les deseo es que calmen esa libido a punta de fútbol, que usen condón o que empiecen a abrazar la maravillosa idea de la abstinencia en un peregrinaje hacia las piedras de Tunja –mucho más calurosas que el monumento megalítico inglés-.

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