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Cartel Urbano
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EL DIVERTIDO Y LETAL SEÑOR BRECHT

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

 

¿Siente usted un poco pesado y aburrido al ambiente artístico del país? ¿Las manifestaciones de arte activista tipo defensa de animales o vindicaciones de la comunidad LGTBI le resultan cursis, planas y sentimentalistas? ¿Juzga al entretenimiento popular (música tropical, series de televisión, festivales de expresiones autóctonas) vacío, carente de ideas, y a la mal llamada “alta” cultura (ópera, conciertos de música sinfónica, literatura erudita) como inteligible sólo para unos cuantos afortunados, y ajena a la dura realidad que nos tocó vivir?

Para todos estos malestares nada mejor que recurrir a una antigua medicina, no por vieja obsoleta ni, mucho menos, ineficaz: la obra, las convicciones y el ejemplo del escritor alemán Bertolt Brecht. Quien no lo conoce, simplemente ha perdido un inmenso tesoro de inteligencia y sensibilidad. Quien ya lo conoce sabe cuán importante combustible resulta su figura para estos tiempos de liviandades y necedad vendida como arte.

Brecht fue, es, ante todo un autor teatral. Descubrió que la presentación y representación de sucesos –aun los más insignificantes y obvios en apariencia– sobre un escenario es una poderosa arma para sacudir las conciencias aletargadas, babeantes, rutinarias: cuando el espectador se encuentra con cualquiera de sus piezas (“Los negocios del señor Julio César”, “La ópera de los tres centavos” o “La boda de los pequeños burgueses”) lo primero que nota es la denuncia del desajuste social mediante recursos como el humor, la música festiva y el franco enfrentamiento con los públicos. Nunca le temió a proponer ideas políticas, estéticas y hasta económicas en sus montajes. Lo hizo siempre desde la perspectiva del que junta los elementos más disímiles en equilibrada fusión: su teatro reflexiona, entretiene, celebra. Intentó llevar estas actitudes escénicas a otras artes. Escribió ensayos no exentos de gracia donde pensó el papel del artista en sociedades que lo desprecian; sus poemas, cuentos y canciones, sencillos al extremo, exponen las profundas desigualdades que nos han caracterizado como especie humana desde el principio. Brecht puede leerse hoy en calidad de pensador, aunque nunca se propuso semejante meta.

En estos tiempos ligeros de arte controlado por corporaciones privadas y públicas, la mayor parte de artistas prefieren una celebridad ocasional al compromiso con lo que sucede. Y cuando las artes actuales pretenden apoyar una causa masiva se quedan en arengas, lemas o discursos intragables. Debido a estas carencias es necesario volver la vista a lo que gente como Bertolt Brecht enseñó: los artistas tienen el deber de provocar, de molestar y reflexionar sin dejar de ser artistas, proponiendo obras perdurables para disfrute o conmoción de multitudes manipuladas y enajenadas a cuenta de los poderes (estado, iglesias, regentes del consumo).

Por estos días en que vuelven los poemas y canciones del “pobre Bertolt Brecht” (ese es el título del espectáculo) al Teatro Libre de Bogotá, con interpretaciones y arreglos musicales colombianos, conviene oír de nuevo la voz del viejo maestro, siempre alerta, siempre espabilándonos:

No se dejen seducir:
No hay retorno alguno.
El día está a las puertas,
ya hay viento nocturno:
no vendrá otra mañana.

No se dejen engañar
con que la vida es poco.
Bébanla a grandes tragos
porque no les bastará
cuando la hayan perdido.

No se dejen consolar.
El tiempo que tienen no es mucho.
El lodo, para los podridos.
La vida, lo más grande:
perderla es perder todo.


Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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