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Cartel Urbano
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SOBRE EL MATRIMONIO IGUALITARIO

No es un eufemismo
Por Gabriela Santamaría
@gabystama


Las parejas homosexuales ya pueden formalizar su unión a través de las notarías en Colombia. Esto parece ser un gran avance en el reconocimiento de derechos de minorías; sin embargo, es apenas un débil reflejo de lo que debería ser la realidad. En estos momentos los homosexuales en pareja pueden tomar decisiones que conciernen a la salud del otro, heredar propiedades y pensión, pero sin la opción de poder casarse no tienen derecho a formar familia.

Lo que afecta en términos reales el fallo de la Corte Constitucional no es la posibilidad de contraer matrimonio (eso lo podrán hacer por medio de un juez así se le llame de forma eufemística), el problema realmente es la consecuencia de no poder llamarse a sí mismos como lo que son: una familia, un matrimonio. Esa diferencia de términos implica un cambio en sus derechos; por ejemplo la adopción, que junto al matrimonio ha sido una de las grandes batallas por parte de los grupos LGBTI.

En teoría una pareja homosexual sí puede adoptar en Colombia, la ley no dice lo contrario, pero en la práctica es más difícil. Los funcionarios de las entidades encargadas de la adopción interpretan que una familia idónea está compuesta por hombre y mujer y para ellos una “unión solemne” no es tan ideal como un matrimonio de roles tradicionales.

Por otro lado, una persona con una orientación sexual alterna puede adoptar, pero lo haría como madre o padre soltero ya que si revela su orientación el trámite se “complica”. Si llega a contraer matrimonio su pareja no tendría el derecho de adoptar al niño también y en el caso de que muriera, su hijo quedaría en manos de sus abuelos, perdiendo dos padres instantáneamente. Ese niño estaría siempre expuesto a la amenaza de la orfandad porque la ley no contempla a su familia como real. Así las cosas, las parejas del mismo sexo son ciudadanos de segunda categoría.

Este año ya hemos celebrado el día de la madre, del padre y de la familia y es una lástima que esos días no les pertenezcan a todos. Porque este no es un problema de hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, derecha o izquierda; este es un problema de dignidad humana, si todos no podemos casarnos no todos somos iguales.

O tal vez el problema somos nosotros que esperamos una lógica laica de un estado claramente religioso. Casarse es un derecho para todos. Ya sea para formar familia, para simbólicamente comprometerse o para equivocarse. Si tuviéramos que esperar a que todas las personas estén de acuerdo sobre un tema para aprobarlo las mujeres no tendrían el voto hoy en día. Una ley se aprueba porque responde a las necesidades y deseos de la mayoría, pero un estado de derecho también debe velar por el respeto de las minorías. Así no parezca. Y para quienes crean que es inconstitucional pensemos un momento en el cambio a la Constitución para la reelección de Uribe, este país no pareció tener problema con esa desfachatez.

Nos parece natural estar obsesionados con los matrimonios de 24 horas, como los de las celebridades, pero con la idea de una unión de por vida nos asustamos. Todos pueden luchar por esa idea, porque nos hace empáticos, humanos. Así no sea nuestro interés casarnos, así seamos heterosexuales, así sea solo por ver feliz a alguien más. Reconocer los derechos de los grupos LGBTI es en estos momentos una tendencia global mayoritaria y el cambio no va a venir del gobierno que tiene una visión heteronormativa del mundo. El cambio viene con nosotros.



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