
DESAPASIONADAS
Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax
Leí la semana pasada un breve texto de un tipo que afirmaba que las mujeres no teníamos pasiones. Basta con ver a las apasionadas mujeres haciéndole barra a la selección Colombia, absolutamente mimetizadas en las hordas de fanáticos del fútbol, y se hace evidente que sufren de una pasión copiada. Varias lo hacen por complacer al tipo que aman, y claro que se llegan a interesar por el equipo al que le hacen barra, incluso, llegan a entender qué es un fuera de lugar para derrumbar el mito de que el cerebro femenino no puede procesar ese tipo de información, pero no es una pasión auténtica.
Si contamos las pasiones masculinas de inmediato se nos viene a la cabeza una nutrida lista. El fútbol, los computadores, los juegos de azar, los deportes extremos. Una vez salí con un tipo que amaba las piedras. Tenía una colección de más de 200 y las miraba con la pasión de un maníaco. ¿Cuántos inventos de la humanidad no son la manifestación de una pasión masculina llevada a su máxima potencia?
Yo estoy de acuerdo, las mujeres somos desapasionadas. Tenemos gustos, claro, pero nuestra verdadera pasión son los hombres. Una amiga me lo negaba ayer. Decía que ella sí tenía pasiones más interesantes que los hombres. El cine, por ejemplo, o el cigarrillo, que según me explicaba le proporciona un placer parecido al de una felación. Otra amiga, en cambio, me decía que, en efecto, la pasión de las mujeres son los hombres. Las mujeres nos acomodamos a los sueños de los hombres y muchas veces nos convertimos en las productoras asociadas de su vida.
La pasión es el alimento de nuestra vida creativa. Dice Clarissa Pinkola, psicoanalista junguiana autora del libro “Mujeres que corren con los lobos”, que esa vida creativa es el amor mismo, es amar algo profundamente; persona, idea o cosa. Agrega que no es cuestión de querer, no es un acto individual de voluntad, es simplemente algo que se tiene que hacer, casi un instinto. Quizás ese amor maternal que expresamos en la total entrega al hombre es nuestro instinto y, quizás por eso, no tenemos pasiones que se igualen a las de nuestros amantes.
Sin embargo, la liberación femenina, la libertad económica, la independencia contemporánea que hemos alcanzado, son fenómenos que conspiran para que hoy busquemos una pasión distinta al hombre que tenemos al lado, su mundo, sus sueños e ilusiones. Veo a mi alrededor y hay varias mujeres yoguis, escaladoras, líderes comunitarias, políticas. Mujeres apasionándose, persiguiendo sus propios sueños.
Pero al mismo tiempo veo mujeres que siguen llenándose de la pasión que les proporciona tener un hombre al lado. Son felices satisfaciendo sus deseos, respirando sus triunfos, abandonando su camino por seguir el de ellos. He visto mujeres dejando oportunidades académicas por oficiar de amas de casa y mamás. Mujeres absolutamente perdidas y sin identidad tras una separación. Mujeres obsesionadas con un hombre convencional al que vuelven el rey del mundo en un segundo.
Cuando estoy ante esas mujeres “desapasionadas” creo firmemente que es el momento de recuperar una pasión y dejar fluir esa vida creativa que está anulada tras el rol de madre, de enfermera, de salvadora del hombre que nos imponemos inconscientemente. Para seguir amando a los hombres con verdadera pasión, amémonos nosotras antes, desatemos en dirección nuestra esa fiera voluptuosa que en palabras de Verlaine es la pasión. Este mundo necesita más apasionadas que madres cabeza de familia o esposas. Les propongo que cambiemos la verga por unos buenos cojones y el mundo será nuestro.
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