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Cartel Urbano
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LA SAGRADA VIRGEN BELLEZA

Por Gabriela Santamaría
@gabystama

A las mujeres nos preceden las tetas, la cara, incluso, en una inversión extraña, el culo. Nos precede todo esto antes que nuestras capacidades, objetivos o identidad. Una gran cantidad de símbolos de la moral de la sociedad están depositados en nuestros cuerpos lo que hace que cualquier expresión de la apariencia, de la vanidad, de la sexualidad esté abierta a ser juzgada como un crimen.

Si la sexualidad de una mujer no fuera importante el alcalde de Segovia (Antioquia), Jonhy Castrillón, no hubiera explicado que en su pueblo no hay prostitución “porque las mujeres son calientes y no necesitan que les paguen”. Queda claro entonces, que para él, la esclavitud sexual de menores de edad que ocurre en la zona minera de su municipio es un mito urbano porque a las mujeres del pueblo les gusta el sexo. Al parecer cabe la aclaración de que no es lo mismo el sexo consensual de alguien mayor de edad (sea pago o no) a la explotación de un menor. En su rectificación, si es que se le puede llamar así, el alcalde añadió: “a este mundo venimos a disfrutar de los placeres que nos dio nuestro Dios”.

Si la apariencia de una mujer no fuera importante el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, no hubiera sentido la necesidad de decir que Kamala Harris era “sin lugar a dudas, la fiscal más atractiva del país”. Lo dijo mientras explicaba que Harris era excepcional en su trabajo y por alguna razón el comentario sobre su físico era también de inexplicable importancia. El problema con eso es que es malo si eres linda y malo si eres fea, puesto que te demeritan igual. En el primer caso cualquier mérito se asume como resultado de la apariencia y de haberse acostado con el hombre indicado. En el segundo eres un tipo de paria social, ya que el ser bella es ahora una obligación para la mujer.

Si la vanidad de una mujer no fuera importante no estaría condenada. La autora Ariel Levy en su libro Female Chauvinist Pigs (2005) explica que las mujeres han sido sobre-sexualizadas por la cultura norteamericana. Levy tiene, por supuesto, toda la razón. Sin embargo, en el libro también habla sobre cómo las mujeres que se maquillan y usan ropa sexy están manipuladas por una estética sexista y sus decisiones afectan la liberación femenina. Para mí eso es una gran mentira. Ser vanidosa se sataniza como sinónimo de superficialidad y de ignorancia, pero ¿realmente está mal querer vernos bien y ser atractivos?

Para este tipo de posturas feministas hay otra que se le contrapone conocida como lipstick feminism. Una corriente, a la que personalmente me adhiero, que propone que usar minifalda y maquillarse, por ejemplo, no está mal pues es una decisión propia hecha por y para uno mismo. No estoy subordinada y no promuevo una cultura machista. Mi decisión de ser vanidosa es tan válida como la de no serlo, puesto que no es una obligación. Sin embargo, me arregle o no, algo estoy haciendo mal.

Ahora bien, si es cierto aquello que se dice sobre que hemos avanzado en igualdad de géneros, ¿por qué tiene tanta fuerza el físico de una mujer? Pareciera nuestra calificación más importante, lo único que somos. En un hombre no importa, su apariencia es aquello secundario a su trabajo. Este tipo de actitudes son acoso y está mal porque no importa lo mucho que se hable de la liberación femenina si al final del día todavía se nos agrede y retrasa simbólicamente. Es incluso peor que sea de esta forma ya que al no ser cuantificable la gente asume que es inexistente. Y es ahí, en esa lista interminable de símbolos morales que van en nuestro cuerpo, que las mujeres nos quedamos obligadas con un pie en el pasado.

 

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