
UNA RARA SENSACIÓN
En la otra esquina
Por Harvey Murcia
Me pregunté si podría hacerlo. Si sería capaz de soportarlo. Luego de pensarlo bien, tomé la decisión. Me distancié de las actividades de descanso habitual que se pueden realizar en un fin de semana. Decliné salir a algún restaurante, encontrarme con amigos en un bar; desistí ir a ver una película; no prendí la tele ni mucho menos visité a alguna chica.
Me cohibí de realizar llamadas por el celular o escribir mensajes de texto; tampoco usé Twitter o Facebook. No revisé mi correo electrónico. No salí a vitrinear o a la ciclovía; apagué el Ipod. No hice nada; nada de lo que habitualmente se hace. Me reservé el derecho a vivir una experiencia particular en tiempos marcados por la tecnología.
Así, quedaban varias cosas por hacer: afinar mi guitarra y volver, con voz destemplada, a intentar tocar alguna canción. Mi vieja Gianini; estuvo conmigo en momentos importantes. Mágicos. Me puse a pensar en el bien que hacían las fogatas con canelazo en alguna finquita, parque, esquina, casa o apartamento. Me dio nostalgia. Y no fui capaz de afinarla. La contemplé.
Entonces, supe que lo mejor era intentar escribir alguna historia que remembrara esos encuentros clandestinos con amores fugaces, prohibidos y volátiles. Desempolvé mi vieja libreta de apuntes, tomé un Berol Mirado #2, me senté en un escritorio improvisado por una mesa de planchar y una sillita del comedor y esbocé algunas ideas, delineé rostros, manos, cabellos. Demarqué profundidades de sueños que aún habitan en mi cabeza y no recordaba.
Algo cansado, tome un té y me reconcilie con el noctambulismo. La noche orientó algunas músicas que escuché en el viejo walkman que encontré cuando organizaba mi pasado que habita entre papeles, fotografías impresas y cartas, varias cartas. Fui hallando en ellos, como piezas de un rompecabezas, mis des-encuentros con la vida. No recordaba que había tenido un reloj ferrocarril el cual se había detenido a las 6:54 p.m., hora en la que partió el abuelo.
Realicé algunas lecturas que tenía congeladas, pendientes, suspendidas; discutí con Vargas Llosa por la manera tan burguesa como asume la ‘cultura y el espectáculo’; acaricié, gracias a la poesía de Juan Luís Panero, el bosque del ayer y una música, un rumor, un símbolo. Con Frederic Beigbeder disfruté los argumentos para comprender cómo el amor dura tres años; Bolaños y su Amuleto me llevaron a México. Borges, Paz, Sontag. Buenos diálogos.
En la tarde del último día del fin de semana, cuando me disponía a realizar una grabación en la cassette recorder para la chica de mil nombres, llamaron a mi puerta. Familiares y amigos estaban preocupados pues estaba alejado, perdido. Pensaban lo peor. Les expliqué que una desconexión de vez en cuando es una manera de inundar la vida de experiencias que ayudan a confirmar que aun respiramos.
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