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Cartel Urbano
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EN LA CARA NO, PENDEJO

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

En esta columna he procurado hablar de todo. Siempre. Con frecuencia he hablado de relaciones, de hombres, de infidelidades, de que el tamaño sí importa, de vibradores, de sexo. Pero el sexo no ha sido una directriz en Blasfémina. Por eso me pregunto por qué la gente se siente en la libertad, cada vez con más frecuencia, de contarme sus anécdotas sexuales. Es posible que el tono escueto, directo, fuerte –para algunos- que utilizo en esta columna al referirme a las cosas, sin miedo y llamándolas por su nombre, les cause un tipo de confianza a estos voluntarios anecdotarios sexuales.

También puede ser un síntoma de los pocos espacios o interlocutores que la gente encuentra para socializar sus experiencias sexuales, especialmente en este país camandulero y godo. Lugar donde el sexo no es un tema para la sobremesa todavía. Sigue siendo un tema exclusivo del porno por internet, de los prostíbulos y whiskerías, de las despedidas de soltero, de una privada vergüenza. Y este “tabú” sexual no es algo generacional al parecer. Una amiga que es terapeuta sexual me cuenta que cada vez que la invitan a una despedida de soltera de veinteañeras, éstas no dejan de decir que los juguetes sexuales y hasta el mismo sexo les da “asco”. Incluso encuentra recurrentes expresiones como: “ah sí, la monja sí nos dijo que eso quedaba ahí”. Imagínense ustedes, la educación sexual contemporánea en manos del clero; mejor dicho apague y vámonos.

A pesar de tanta información que hay en la red la gente parece estar perdida en cuanto al sexo. Los hombres buscan academia en la pornografía. Las mujeres confían en sus clases de educación sexual. En vista de este oscuro panorama, contaré acá tres anécdotas sexuales que llegaron a mis oídos esta última semana, confiada en que los casos retratados sirvan como espejo.

La primera anécdota puede transportarnos de la risa al llanto en breve. Un tipo ve a su novia más flaca de lo normal pero la tipa estaba poco preocupada por su salud alimenticia. El tipo le pide que se cuide más y le advierte que debe comer más proteínas. La mujer le baja los pantalones y empieza a proporcionarle una felación. El tipo se viene en la boca de la mujer, ella se pasa el semen y le dice “Ahí está la proteína que necesitaba”. Es cierto que el semen tiene varias propiedades; cosméticas porque mejora la piel y, con seguridad, proteínicas. Sin embargo, uno se pregunta si la propositiva succionadora superó sus deficiencias alimentarias con una eyaculación. Parece haber visto demasiadas películas porno con historia.

La segunda anécdota es la de una mujer cuyo novio tiene un pene de gran diámetro, mucho mayor al normal. Colombiano, aunque no lo crean. Mientras estaban haciéndolo el tipo “por equivocación” se lo metió por detrás y la desgarró. La mujer tuvo que salir corriendo a urgencias y duró recuperándose un mes. Tengan mucho cuidado con aquello que pasa “por equivocación” porque puede terminar en una sala de urgencias.

Y la tercera anécdota es un caso digno de un manual contra el fracaso. Un tipo estaba tirando con su novia. Ella, una mejicana deshinibida, le dice “pégame”. El tipo, literal como son los hombres y sin ninguna sensibilidad especial con el acto sexual, le pega una cachetada en la cara ante la cual recibe el siguiente reclamo “En la cara no, ¡pendejo! ¡En el culo!”. Parece un chiste pero no, es cierto.

Los casos, aunque hilarantes, son verídicos y comparten una característica: demuestran falta de comunicación o de una comunicación bastante particular. Hablar de sexo es necesario si no vital. Si el tipo del gran diámetro hubiera conversado previamente con su mujer, quizás un lubricante los hubiera salvado de la fatal “equivocación”. De pronto si el tipo de la cachetada en la cara hablara de sexo con su novia mejicana aprendería a pegarle rico y no a maltratarla físicamente. Ojo, dos cosas muy distintas. En cuanto a la primera anécdota, sin duda, es la única que se salva. Aunque algo cinematográfica, es el ejemplo de cómo una discusión se convierte en un intercambio de fluidos o un acto de profunda comunicación. Como quieran llamarlo.

Así pues, sean estas anécdotas estimulantes para que empiecen a hablar más de sexo, con sus parejas ojalá, y no tanto conmigo. No tengo espíritu de confesionario sexual. Pero claro, seguiré otorgando este blasfemo espacio para la libre información erótica. Porque creo que tanto porno ha “espectacularizado” la idea del sexo condenándolo a la superficialidad fisiológica, porque me ofende que las monjas sigan dictando clases de “educación sexual” a niñas que sienten asco cuando oyen la palabra verga y porque tener que aclararle a un tipo que cuando una mujer le dice en medio de un polvo que le pegue en el culo y no en la cara es síndrome de una inmensa analfabetización sexual.


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