
EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR, Y DE TODO LO DEMÁS
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
El amado y odiado Fito Páez sigue componiendo e interpretando esas melodías de puro impulso, arranques de ira o afecto, pegajosas canciones con letras a veces más incomprensibles y disparatadas que las de Gustavo Cerati (aquélla de "Religion Song", por 1989, merece encabezar las listas del absurdo y le compite sin problema a cualquier bolero estrambótico: "People, people, salvador,/ Coming Göering y un reloj./ San Jacinto ven a mí que este mundo.../ pero hay una ley que yo aprendí en la calle: / de este laberinto alguien siempre sale".).
Podría dejar de brindar conciertos pues ya lo ha intentado todo en su carrera llena de altibajos radicales, compuso música para films, grabó un disco con temas instrumentales, intentó la baladita azucarada y el manifiesto político sin compromiso (así "Oh, nena" de 2003 y la extensísima "La casa desaparecida" de 2000 en la cual canta sin parar durante once minutos). Ya hizo cine, y pese a que sus películas han sido despreciadas por el público y la crítica, parece que le quedó gustando. Fue controvertido con sus opiniones en ciertos momentos de los años Noventa y ahora prefiere pasar entre los admiradores como un tipo bonachón y tranquilo, quizás debido a sus recientes cincuenta años de edad. La voz se le agotó. Y, sin que lo note él mismo, está empezando a repetirse, a volverse predecible. Oír su versión de "Rata de dos patas" (esa horripilante canción de Paquita la del Barrio) no puede tomarse en broma, antes bien es la prueba del ocaso que lo ensombrece.
Pero (y en este "pero" reside la base de su talento, lo que le permitirá perdurar entre los fanáticos, y entre la gente del común que lo canta sin conocerlo, por mucho tiempo) Fito Páez descifra los sentimientos contradictorios que todos tenemos y que no son fáciles de manifestar; desde su primer disco en solitario le propone un diálogo a quien lo oye hablándole como cómplice o amigo de toda la vida. Esto se nota en canciones muy celebradas como “Un vestido y un amor” o en la reciente “Confiá”. Su capacidad para convertir al auditorio en confidente es admirable y no muy habitual en otros artistas del rock o el pop, inclinados más a seducirlo o divertirlo. No es raro experimentar una atmósfera de familiaridad cuando se oyen los temas de Páez. Si ha sabido mantenerse en la memoria sonora de nuestro continente, pese a los notables descalabros mencionados, se debe sobre todo a su espontaneidad de muchacho agradable que nunca abandonó el barrio y al que le agrada conversar mientras canta o toca piano.
Valgan estas palabras para festejar el vigésimo aniversario de “El amor después del amor”, disco emblemático de Páez que ha dado origen a una gira nostálgica del músico y su banda por Europa y América. Han pasado los años del desenfreno y de la juerga para el autor de “Circo Beat”, pero sus desternilladas letras, sus músicas agitadas y cadenciosas siguen siendo el bastón, la alegría o el soporte de muchos.
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