
“EL ARTE DE LA PINTURA” EN TIEMPOS ESCASOS DE ARTE
Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote
La pintura se titula, casi de modo obvio, “El arte de la pintura”. La realizó una leyenda holandesa llamada Johannes Vermeer hace cuatrocientos años. Y en su aparente simplicidad reúne todo lo que esta humanidad tan cruel y sublime al mismo tiempo ha entendido acerca del arte, todo lo que son las artes plásticas ahora y además señala un camino para el oficio artístico del oscuro porvenir.

Afirmar esto parece exagerado. Pero no lo es si se observan con cuidado las reproducciones de la obra maestra en cuestión, y se comprende a cabalidad el amplio contexto que la rodea. Según informa Juan David Torres en El Espectador (12 de abril de 2013) la pintura fue de dueño en dueño, como una especie de curiosidad circense, mientras los públicos y los estudiosos aceptaron y descubrieron el genio de Vermeer. Típico. El trabajo y el esfuerzo se reconocen cien años o más después de la muerte. Lo notorio de estas vueltas y manoseos a “El arte de la pintura” –hasta Hitler lo tuvo en su poder– es que también esos públicos y estudiosos experimentaron un cambio con el paso de los siglos. Ya no es examinada como la exótica joyita de un pintor en el olvido. Hoy tiene el puesto que se merece junto a los grandes (Picasso, Velázquez, Giotto) porque inmortaliza, bajo una sola imagen, lo que significan el arte, su alcance y su poder.
El lienzo muestra a un pintor, de espaldas al observador, que da unas primeras pinceladas. Su modelo es Clío, musa de la historia. La escena transcurre en el estudio del pintor, cuyas cortinas recuerdan los mosaicos orientales del medioevo y al mismo tiempo –lo más sorprendente– lanzan una profecía de lo que serán las obras abstractas y lineales propias del siglo Veinte, tipo Pollock o Rothko. La desenvoltura en los atuendos y maneras resultan extrañamente contemporáneos a nosotros pero su solemnidad remite, a la vez, al Renacimiento. Todas las épocas del arte están ahí. Y un detalle agrega cierta perfección: invita a pensar en el ejercicio de pintar, porque su tema es la pintura misma, cómo se hace, qué mística y disciplina requiere.
Toda una advertencia para tantos artistas sin peso ni valor que rondan ahora por galerías y concursos. Gentes cínicas que mandan a hacer en serie sus supuestas obras o que confunden al arte verdadero con hacer muecas, contar chistes o glorificar objetos encontrados en la basura. Aunque les suene rancio e ignorante, aunque les suene a herejía, las artes plásticas son como el buen rock and roll: si quieren sobrevivir deben, de vez en cuando, volver a sus raíces. En este caso, a la pintura y al dibujo. Desde luego, existen la fotografía, el vídeo y los espectáculos teatrales. Estos necesitan, también, una seriedad y una solidez muy cercanas al trazo de la mano, a las labores del trabajador manual. Algo reposado, pensado, compacto, cuyo destino no sea efímero ni ridículo. Todo lo que ya posee “El arte de la pintura”. Los payasos que remedan a artistas y demás simuladores deberían ver con paciencia esa obra. Y con ellos, también quienes no nos dedicamos a las artes plásticas: cuánta terquedad, cuánto estudio y sacrificio son obligatorios si quiere hacerse una tarea importante, o dejarse un testimonio real de nuestro leve paso por este planeta.
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