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Cartel Urbano
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EL LENGUAJE DEL AMOR

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax



Escuché una vez a un borracho decir que había estado en Alemania y que se había defendido perfectamente a punta de señas. En la peor rasca había logrado pedir una hamburguesa con todos los aderezos que se le habían antojado señalando con el dedo y sin saber un carajo de alemán. Lo decía orgulloso, si miedo. La lengua no es un impedimento.

Un amigo gringo me decía, con algo de indignación, que había muchas personas que llegaban a Estados Unidos y compraban casas, sacaban créditos, trabajaban y hasta votaban sin hablar inglés. El truco no está ni siquiera en aprender el idioma sino en hacerse entender. Hace algunos años tuve un romance con un joven brasilero, él no sabía ni jota de español ni yo sabía un coño de portugués; al final nos entendimos. Allí donde se erige la barrera de la lengua siempre existe el lenguaje del amor.

Bien lo sabían los publicistas de Johnson & Johnson en los años 80. El lenguaje del amor es universal. Mientras la lengua se limita a ser un sistema de signos adoptados por una comunidad lingüística que utiliza la facultad del lenguaje (oral o escrito); el lenguaje abarca más, se refiere a esa capacidad que tenemos de comunicarnos ya sea gracias a la lengua, o a las señas, o a los gestos, o a los sonidos y ruidos, o a cualquier conjunto de signos que queramos utilizar.

Ahora bien, ¿qué es el lenguaje del amor? No se limita solamente al conjunto de manifestaciones corporales que, con seguridad, estarán ustedes evocando en este momento. Se puede extender a unas rosas, a la interpretación de La Chica de Ipanema en guitarra, a una mirada, a un abrazo estrecho y profundo… a cogerse, pero de la mano. El lenguaje del amor son los hechos, no las palabras. Esa es su magia.

Debido a las cifras récord de turismo extranjero que ha reportado la Unidad Administrativa de Migración Colombia en los últimos años, es cada vez más frecuente ver por las calles bogotanas parejas de extranjeros con locales, unidos por el lenguaje del amor. No importa de dónde sean estos visitantes; alemanes, franceses, italianos, norteamericanos… no hay que ser políglota para comunicarse con ellos porque siempre está el lenguaje del amor para rescatarnos.

La imposibilidad de comunicarse en una misma lengua es sinónimo de riqueza gestual, obliga a comunicar todo a partir de las acciones porque como bien confirma la sabiduría popular; obras son amores y no buenas razones. Es realmente un alivio poder descansar del palabreo seductor, repetitivo, vacío y empalagoso con el que suelen conquistarnos los locales y pasar al inexplorado terreno de los silencios sugerentes, de las caricias, de las flores, de las sonrisas, las miradas, los bailes sin compás. Es que una cadera teutona a-rítmica al momento de echar paso salsero es mucho mejor que un cuentero local: calenturiento y lenguaraz.

El compatriota ebrio en Alemania y los cientos de inmigrantes no anglófonos ejerciendo de ciudadanos norteamericanos son la prueba fehaciente de que la lengua no es un impedimento para comunicar lo que queremos. En el caso del amor, la cosa es más compleja por lo que requerimos de un lenguaje sensorial y corporal que aprendemos casi por instinto y que, de pronto gracias a la magia del sentimiento, es infalible.

A los conquistadores locales, reyes del verbo seductor, y escurridizos al momento de la acción, les confieso una cosa: ustedes también nos gustan cuando callan. En vez de te amo, Je t´aime, ti amo, eu te amo o I love you, yo sí prefiero que me toquen un bossa nova en guitarra, desafinado y cantado en el lenguaje que solamente sugiere el amor. Menos verbo y más acción.

Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Cartel Media S.A.S.

 

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