
NOS VEMOS EN EL INFIERNO
Peor es posible
Darío Rodríguez
Los provincianos en Colombia se dividen en dos: quienes conocen o se defienden en Bogotá y quienes no. Acostumbrados a la cercanía, la lentitud y a saludar todos los días por el nombre de pila a sus vecinos, el indefenso aldeano se topa en Bogotá con el miedo, la desconfianza, también con la desproporción: aunque se oriente a través de nomenclaturas y direcciones incomprensibles, el tiempo se le encoge como esponja, piensa que cualquier sujeto sobre la vía lo asaltará, la agresión de calles y avenidas extensas le impide pensar despacio. Sorprendido por las reacciones de los citadinos, termina copiándolas: corre agitado, se llena de paquetes y bolsas con objetos que, posteriormente, lucirá en su municipio. Las primeras impresiones son inolvidables (locuacidad y desparpajo de taxistas; los aviones parecen rozar las cabelleras; atardeceres salidos de fábulas, rayos de sol anaranjados que golpean fachadas de edificaciones altísimas) pero lo real se impone de manera cruel. Una cita con alguien alcanzará demoras inauditas de dos y hasta tres horas. Las calles se cruzan entre mil prevenciones y temores. Hasta conquistar cierta cúspide del horror: el hacinamiento dentro de un bus del sistema Transmilenio, caras largas, asfixia, barbillas de absolutos desconocidos sobre hombros de otros desconocidos, temperaturas altas, más afán, más y más gente.
Bogotá es la comprobación de que este país sigue siendo centralista. Y de que su culto a la única ciudad es una feroz prueba de esfuerzo, de resistencia. Resulta injusto el hecho de que todo, o casi todo, lo aparentemente importante de esta nación suceda en Bogotá o pase por la aprobación de la metrópoli. Decisiones políticas, manifestaciones artísticas (exposiciones pictóricas, conferencias, teatro, cine), grandes negocios, en suma asuntos que influyen en el resto del territorio, deben ser bendecidos por la monstruosa Capital. Los provincianos son conscientes de esta obligación desde su nacimiento y, en alguna ocasión, quiéranlo o no, tendrán que someterse a encararla.
Antes de volver a su terruño, el desafío del visitante es sobrevivir sin perder la cordura. Si le falta un familiar en Bogotá (algo por demás casi improbable pues siempre hay una persona a la cual conocemos que lleva años sufriendo, soportando a la terrible Bogotá y que realiza con el provinciano una especie de curso iniciático en el que aprenderá a defenderse a medias del caos) tendrá que ser paciente entre las aglomeraciones y la desesperación de los habitantes. Y educarse, con o sin ayuda, en el arte o la ciencia de la adaptación a las comidas, al frenesí, al absurdo de lo impersonal. Es insólito que esto deba llevarse a cabo en una ciudad que ha dado tan buena literatura a Colombia (recordar, por poner dos ejemplos al vuelo, las novelas SIN REMEDIO de Antonio Caballero, o LOS PARIENTES DE ESTER de Luis Fayad, claras muestras de que Bogotá es un adecuado escenario para las letras), en la que se han consolidado tantos proyectos de desarrollo para la nación y donde se ha formado una buena parte de los profesionales colombianos.
Pero el desorden y el miedo continúan. Quizás no cambien nunca en la ‘tenaz suramericana’, como la bautizó el escritor R.H. Moreno Durán. Un lugar que exige niveles de adaptación y sumisión a sus pobladores ya no puede entenderse como una ciudad. Es una enfermedad. O es el infierno.
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