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Cartel Urbano
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ANTIDOMINGO

Blasfémina
Por María Ximena Pineda
@anacaonax

 

De todos los días de la semana el domingo es quizás el más trascendental. Entre semana estamos tan ocupados trabajando que no tenemos tiempo de reflexiones existenciales. El sábado es un día familiar, día de descanso, día para ir a almorzar con los seres queridos, para desenguayabar la rumba del viernes, para celebrar el Sabbat (si eres judío) o para rascarse la barriga. Son los domingos esos días dramáticos en los que, por fin, tenemos tiempo para pensar qué va a pasar con nuestra vida.

Depende de cómo toma uno esos procesos trascendentales de domingo es que el nivel de depresión, inspiración, melancolía o incluso nostalgia, crece. Se nos queda corto el génesis cuando dice que el séptimo día Dios descansó luego de crear la tierra en seis. Y sí, ¿quién no queda mamado después de eso? Pero el domingo no es solamente un día de descanso. Es mucho más. Un día para esconder nuestra desazón en cualquier película de acción que no requiera actividad neuronal. Un día para buscar en los horóscopos cualquier indicio de esperanza que nos sirva como pajazo mental aunque sea y podamos seguir con el lunes.

El domingo no perdona. De alguna u otra forma nos pone en un estado de ánimo distinto. Para algunos es un día muy interesante, de reflexión creativa. Para otros es un día triste y depresivo. De cualquier manera, es un día que más que descanso nos exige un ánimo férreo para transcurrir las horas en calma y no llegar al suicidio o a la manía.  

Muchas personas se reúnen a almorzar para, tácitamente, darse apoyo moral en la procesión trascendental que llevan por dentro. Otros se echan en la cama todo el día a celebrar el grandioso encuentro de alguna comedia romántica que los haga roncar. Otros aguerridos masoquistas se ponen a leer buena literatura o van a cine a que alguna película de cine alternativo los haga reafirmar que su vida es una mierda y que deben cambiar, para que la rutina del lunes les asesine drásticamente la insurrección dominguera. A otros simplemente les da por resucitar o por ganarse un Oscar.

Así pues, el domingo no es un día para tomarse tan a la ligera. Quizás el domingo nos tome a nosotros, como un ciclo predestinado del que no podemos escapar. Me declaro una masoquista de domingo, a veces logro tener un denso aliento emocional para atravesarlo con gallardía y mirar al lunes a la cara y sin miedo, sin importar cuánto fracaso albergue mi corazón o qué productiva sea mi vida. Pero otras veces, logra embestirme y me derrota, haciéndome entrar a las misteriosas cavidades cerebrales donde albergo mis peores miedos… donde serpentinos se anudan mis sesos como diría De Greiff. En esos momentos no queda otra salida que escapar del domingo, engañarnos y pensar que es otro día, ponerle máscaras y llamarlo miércoles. Volverlo anti-domingo, de alguna manera… eso sí, acompañados de amigos siempre. Amigos que te sigan la corriente y recreen la farsa de un domingo, no domingo.

 

 

 

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