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Cartel Urbano
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CAROLINA SANÍN DEBERÍA VOLVER

Peor es posible
Por Darío Rodríguez
@chkinbote

 

Nadie la echa de menos. Sus enemigos, poseídos por una envidia feroz, la han llamado “arribista”, “frígida”, “caprichosa”, “loca”. Sus partidarios, tras leerla, vivían desconcertados. Muchos la han olvidado. La táctica de la escritora Carolina Sanín en sus columnas de prensa es parecida a las del cantautor Bob Dylan, jamás complacer a sus públicos, jamás ocultar lo que – al estilo de este hipócrita país – quiere ser tapado. Así, en su desaparecido espacio del diario El Espectador, comparó las elecciones presidenciales con listas de muertos descritas por el ruso Nicolai Gogol para la novela Almas Muertas, a las donaciones de supermercado las halló semejantes a la limosna callejera, comentó en un texto hilarante las desventuras de su perra en celo, se burló de los artistas de farándula, de esa feria ganadera llamada Reinado Nacional de la Belleza, y de ciertas manías burguesas bogotanas (en el celador del edificio, el escritor famoso, en los que arriendan apartamentos). Molestó. Fustigó a muchos. Tanto los que la ensalzaban como quienes la denostaban eran objeto de sus críticas, en aras de propiciar un debate permanente, serio: justo lo que menos le interesa a lectores y periodistas colombianos, acostumbrados al machete y al puñal para discutir. Y, sin duda cansada de no hallar interlocutores, de tanto insulto y escupitajo que le lanzaron, renunció.

Hace muchos años –por lo menos desde las época victoriosas del columnista Antonio Caballero, cuando a los narcotraficantes había que llamarlos “doctor” y “honorable senador”– el dueño de un espacio de opinión no causaba reacciones tan violentas en los lectores. Y eso es lo más necesario para la buena salud de un medio informativo, que sus encargados de opinar no solo se quejen ni se rasguen las vestiduras, sino también que pongan a pensar, cuestionen, se arriesguen a destapar los velos embellecidos por fuera pero podridos por dentro. En su artículo mensual Pasar Fijándose de la revista Arcadia, Carolina Sanín no alcanza a producir los escozores ni las inquinas que despertaban sus opiniones semanales en El Espectador, pues su labor en esa publicación está más dirigida a la crítica cultural y Arcadia no tiene la cobertura de un diario, no la necesita. Y ahora más que nunca, cuando se avecinan engaños gruesos por parte de políticos, seudoartistas y estafadores de toda clase, alguien tiene que fastidiar y reconocer “el otro lado del jardín” como denominaba el escritor irlandés Oscar Wilde a las zonas oscuras de la sociedad. Ese alguien es, sin duda, ella.

Si regresa tiene todo, o casi todo, en contra. Nada le perdonarán. Ni que venga de una familia pretendidamente ilustre, ni su cátedra en la Universidad de Los Andes; ni que sea implacable con gente como los artistas plásticos o las señoras mayores de cuarenta disfrazadas de putas para el Halloween. Ni su hondura intelectual. Ni siquiera –esto menos– el hecho de ser mujer. No obstante, para una nación aletargada, muy satisfecha de su propia barbarie y necedad, las opiniones semanales de Sanín serían ese detalle que daña la aparente armonía del cuadro, una cuota decente de escepticismo y valiosa polémica entre las múltiples voces bobaliconas del progreso o de la presunta dignidad moral en nuestro territorio.

Los medios de comunicación y sus clientes necesitan el veneno de Carolina Sanín. La escritora debería pensarlo. Y, con los argumentos tan afilados como los puñales de sus enemigos, debería regresar.     

 

 

 

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