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Cartel Urbano
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FE-BRERO

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
@monobio



Según la leyenda urbana publicitaria, febrero es el mes del “regreso al colegio”. Yo dejé de regresar allí hace 25 años -tuve que agarrar la calculadora para deducir la diferencia entre 2012 y 1987, año en el que concluyó mi condena académica de 13 años-, y lo agradezco. 

Estamos en el segundo mes del calendario… un martes de 672 horas, luego de aquel lunes festivo que es enero; y las calles vuelven a atestarse de bachilleres y bachelors; y, al igual que los hogares se llenan de alegría cuando llegan los bebés, la ciudad se llena de hormonas cuando los bachilleres salen de sus madrigueras. Los varones se golpean entre sí, apuestan carreras, aúllan cual machos beta. Las hembras, en cambio, chismorrean, coquetean, se maquillan y, lo mejor, se componen las medias cada tres cuadras.

Los escolares, por su parte, son todo ternura mamífera: resisten valientemente el frío de la madrugada, con sus cabezas envueltas en aquellas bufandas-capuchas que les hacen lucir como inofensivos guerrilleritos, tomados de la mano de sus padres, sin poder chistar por el compromiso con el saber, que adquirieron porque sí, porque “es que hay que estudiar, mijo, para ser alguien en la vida… ¿O es que, acaso, cuando grande quieres ser cotero de Corabastos o modelo de Colombiamoda?”.

No faltaba más, también están los escasos y utilísimos universitarios, que recorren los andenes que circundan sus respectivos claustros. Ellos y ellas, desde enero, ya transitan el pavimento que los llevará a la tierra prometida del profesionalismo, cosa tan importante para la auto-realización y para chicanear en los cocteles. Esta camada de colombianos, selecta y especial, camina con pasos más definidos: pasos de imaginaria libertad, ya que, por fin, hacen lo que creen que les da la joven gana; o pasos de vía crucis, cuando saben, de antemano, que su carrera escogida es realmente un callejón sin salida, y que no tiene sentido seguir adelante, porque allí no hay nada… o hay más de lo mismo.

Y, last but not least, los profesores: ese ejército de almas altruistas, mártires del sancocho académico, a quienes nadie les reconoce nada, a quienes los de arriba les pagan algo más que el mínimo por toda la sangre, sudor y neuronas gastadas en el proceso de hacer país. No todos merecen el ficticio Cielo. Un buen grupo son tan o más vagos, ruines y desorientados que las ovejas descarriadas a las que piensan enfilar al matadero productivo que es la vida adulta. ¡Cuántas taras y prejuicios provienen de sus ideas de cartón o carbón! Hemos pasado de la era de la letra, con sangre, entra a saber datos es más importante que imaginar.

De resto, están los demás mortales: los que ya olvidaron todo lo que aprendieron en esas treinta paredes que el tiempo convertirá en hoteles; y los que nunca fueron tocados por la lenguaraz lengua de fuego de la sabiduría, contenida en libros, cuadernos, cartillas, manuales, folletos, instructivos y fotocopias, que, cual cajetillas de Pandora, contaminan, por los siglos de los siglos, los sesos, que reposan quietecitos en sus respectivos cráneos, sin hacerle daño a nadie.

 

Confieso que soy uno de los varios humanos que disfruta de lo que la gente suele llamar pesadillas (monstruos, padrastros, catástrofes, etc.); pero que padece terriblemente cuando sueña con volver al colegio, y entra a un salón añejo, donde extraños co-pupilos están tomando un examen de una materia que nunca vimos… ¿Qué nos querrá decir el inconsciente cada vez que ello sucede en la misteriosa mente? Tal vez que vivir es aprender, ya sea a bailar el Harlem Shake, la tabla del 13 o cómo matar indoloramente a un marrano. Tal vez que morir es desaprender, porque, cuando todo acabe para todos, el cosmos seguirá su ruta azarosa hacia el siguiente bang.

 

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