
EL GEN NUPCIAL
El lujo infinito
Últimamente parece que está de moda casarse. Todas las semanas alguien está comprando un vestido, buscando unos zapatos o pidiendo prestado un collar porque tiene en agenda un matrimonio el fin de semana. Los celebran en la playa, en el club o en un bar, con rituales que santifican uniones que, se espera, sean para toda la vida.
Entre mis amigas puedo contar a varias que ya lo hicieron o hacen preparativos para contraer nupcias. Al preguntar el porqué, mi mamá y mi hermana mayor sugieren como respuesta la edad. Parece que a las personas entre los 24 y 31 años (generación en la que me encuentro) les da el afán por casarse; por algún motivo el reloj biológico y la preconcepción social de tener un trabajo, una familia y “ser alguien en la vida” comienza a presionar y hace sentir que, como dicen por ahí, nos está dejando el tren.
Yo misma estuve peligrosamente cerca y pienso que algún día quiero hacerlo. Sin embargo, cuando imagino que soy yo quien se casa: a pesar de la “edad”, me siento completamente ajena y ese “algún día” lo veo tan lejano como cuando aún jugaba con barbies. Creo que si acepté fue porque secretamente sabía que ese compromiso nunca se convertiría en matrimonio.
Además con lo que duran hoy en día, ¿a quién le dan ganas realmente de casarse? Más se demora la fiesta que el matrimonio y por lo general la pareja queda con ganas de no volverse a ver nunca jamás. Debo admitir que puede haber algo de miedo al compromiso en mi premisa, pero también siento que no nací, como escuché en una popular serie de televisión, con el gen nupcial.
Tampoco me trasnocha tener hijos.
Al asistir a matrimonios y showers, ver fotos y videos, no odio silenciosamente a la novia ni pienso en cómo va a ser mi ceremonia. No se me escapan las lágrimas y aparte de alegrarme por el conocido que se casa, cruzo los dedos para que el escepticismo y la ironía sean solo pensamientos y de verdad sean felices para siempre.
Me parece extraño que, muy a pesar de mi naturaleza romántica, la gran celebración de amor no sea lo que más anhele ni con lo que soñaba desde niña. Pienso que tal vez el mundo a mi alrededor, lleno de parejas que se separan, niños con familias rotas, infidelidades y toda cantidad de miedos de sociedad moderna, ha contribuido a que yo y muchas personas más comiencen, como es normal en la evolución, a cambiar y perder genes, entre ellos, el nupcial.
La unión libre es una alternativa cada vez más utilizada y parejas que llevan increíblemente poco deciden tomarla como una opción. Se me ocurre pensar que tal vez el afán de no quedarnos solos nos ha llevado a juntarnos demasiado rápido. Es esperanzador que las personas sigan creyendo que estar con alguien sea parte de la vida.
Viendo este boom de parejas, vestidos, invitaciones y showers no puedo dejar de preguntarme, ¿y yo? Asisto a todo con la mayor disposición, sonrío y compro vestido. Pero no pienso en eso para mi, siento que jugamos a las muñecas con algo que es muy serio, que tal vez estamos tomando en nuestras jóvenes e inexpertas manos una responsabilidad demasiado grande. Tal vez sea eso, o tal vez, solo me falta el gen nupcial.