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Cartel Urbano
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CINCUENTA SOMBRAS DE GREY

Blasfémina
Por María Ximena Pineda


¿Quién es Christian Grey? El caballero idílico dueño de las perversiones sexuales de las mujeres casadas, mal casadas y solteras. Un empresario millonario con gustos exquisitos y una particular forma de vivir su vida sexual. Un jefe insaciable y castigador. La fantasía sexual que les permite a sus mujeres, señores, explorar sus más bajas pasiones. Todo eso y más es Christian Grey.

Este último mes he escuchado a más de 5 mujeres entre solteras, casadas y divorciadas hablando maravillas del libro Cincuenta Sombras de Grey. Todas coinciden en un excesivo placer al momento de afirmar que el libro es su mejor descubrimiento. Lleno de escenas detalladamente descritas sobre un sinnúmero de prácticas sexuales alejadas del sexo convencional de los casados. Cincuenta Sombras de Grey se erige como el top número uno en el material pornográfico y erótico de las mujeres contemporáneas.

¿Qué hay más perverso y erótico que un millonario dominante que hace firmar un contrato a su sumisa amante para explotar su cuerpo de las cien maneras que su oscura mente ha diseñado? Es precisamente lo que hace Grey, el personaje creado por E.L. James, que ha recorrido el mundo entero, las camas desapasionadas de mujeres cansadas del sexo regular, y que hoy es best seller y el inicio de una trilogía que se llevará al cine en pocos meses.

La intimidad, sadismo, masoquismo, dominación que retrata tan específicamente la novela de E.L. James me remonta –guardando las proporciones- a las mujeres del siglo XIX leyendo Naná, la novela sobre una Prostituta que escribió Émile Zola, a escondidas. Al voyerismo de quienes tenían el placer, literalmente, de leer al Marqués de Sade. Le devuelve todo el carácter íntimo, prohibido, oscuro a esta literatura erótica que le da sopa y seco al porno.

Pienso ahora en ese chiste de que las mujeres vemos las películas porno hasta el final para ver si los protagonistas se casan y creo que nos subestima. Christian Grey sí nos despierta ese romanticismo por el que se nos condena pero también logra liberarnos y sacarnos toda esa pasión originaria, animal e instintiva que está cero kilómetros. Leyendo la novela nos convertimos en la sumisa de Grey –Anastasia- y morimos porque nos diga “córrete sola, quiero verlo”.

Cincuenta Sombras de Grey es una historia básica con pocos personajes, quizás con detalles de caracterización bastante predecibles y cuyo éxito supera la vanidad literaria para concentrase en la narración cruda de los episodios sexuales más turbios, impensados y recónditos de un amo aberrado y su sumisa esclava.

¿Cuántas mujeres no se han masturbado consiguiendo orgasmos mucho mejores que los que les proporcionan sus parejas gracias a la ilusión que genera Christian Grey? Leer alguno de sus encuentros sexuales es como violar y espiar la prohibición. Lo que nos gusta. La novela nos enfrenta con nuestros propios límites, nos confronta sexualmente, nos abre un espectro de placer infinito y miedoso, a veces. Provoca y seduce.

A juzgar por la expresión de plenitud, ansiedad y éxtasis de aquellas mujeres que me hablaron de Christian Grey y a quienes agradezco por haberlo introducido en mi vida, pienso que E.L. James desató una revolución, avivando el fuego de tanta mujer frustrada, si quiera provocando a tanta mosca muerta que anda por ahí, rehabilitando a las mal amadas, enfrentándonos con un universo sexual tan sofisticado que todo es posible, mandando a la caneca de la basura al vulgar e ingenuo porno que tanto aman los caballeros y, finalmente, poniéndoles un estándar muy alto a cumplir en la cama porque, señores, de las Cincuenta Sombras de Grey, ustedes, ni la sombra.

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