Ud se encuentra aquí INICIO Node 17246
Cartel Urbano
M

EL PECADO AMBIENTAL

El lujo infinito
Por Sylvia Rodríguez
@Sylvaine01

 

El planeta se deteriora rápidamente. En los últimos años, las consecuencias de los excesos, el abuso y la explotación de nuestro hogar son más visibles; aunque también es bueno reconocer una creciente conciencia con respecto a la necesidad de conservar nuestro medioambiente.

Precisamente este daño y sus repercusiones han despertado un sentimiento de protección y penitencia, también la búsqueda de alternativas para preservar lo que todavía nos queda. A pesar de que cada vez aumenta el número de personas que reciclan, cuidan los recursos y ponen su granito de arena; creo que al final todos tenemos nuestro pecado ambiental.

El mío, el más grande al menos, son las colillas de cigarrillo que tiro indiscriminadamente a la calle y que se demorarán 10.000 años en degradarse. Esto sin contar que pájaros, ratones, perros y gatos las comen causándoles grandes daños a sus sistemas digestivos. No sólo me lastimo con este terrible y delicioso vicio sino que afecto mi entorno y el ecosistema.

Ser consciente de esto me ha llevado a, por lo menos, arrojar las colillas en una caneca donde tengan un destino apropiado. Si bien no dejaré pronto el hábito de fumar, tal vez gane algunas indulgencias con este maltratado mundo enviando el desecho del cigarrillo a donde debe estar. También evitando dejar el cargador del celular conectado o cerrando un grifo que desperdicia innecesariamente agua mientras me enjabono. Debo confesar que antes de estas reflexiones venía sintiéndome culpable y mi conciencia carga aún la muerte de uno o muchos pingüinos. No lo sé y preferiría no averiguarlo.

Si eso soy yo, no imagino cómo se sintió el flamante Alcalde de Bogotá cuando vio (si los vio) los montones de basura, moscas y malos olores en las calles, después de su ‘organizada’ intervención al servicio público de aseo a mediados de diciembre pasado. Sabrá este dizque progresista mandatario de los riesgos de salud a los que expuso a los operarios que contrató el Distrito o el daño que hace una flota de vehículos obsoletos y de tercera mano que parecen contaminar el aire en las mismas proporciones en las que recogen basuras. Mi cálculo es que su conciencia acumula la culpa de llevarse por delante más de siete familias completas de osos polares.

Espero que una vez hecha la confesión y afrontadas la culpa y la vergüenza, comiencen a cambiar las cosas. Yo me dispongo a modificar el hábito de ensuciar las calles con colillas, desenchufar el cargador y reducir mi tiempo en la ducha. Así hago mi contribución como lo hacen otros; por ejemplo, la marca Melissa y sus zapatos de plástico reciclado o las impulsoras de EcoChic, quienes trabajan para contribuir a que la moda no sea sólo consumismo sin sentido.

Un pensamiento y varias preguntas: si tal vez todos confesáramos nuestro pecado ambiental y pagáramos nuestra penitencia ¿podríamos hacer de nuestra tierra un paraíso? ¿No sería tal vez ese el primer paso para comenzar una revolución ambiental que apunte a la preservación y mejore el entorno que habitamos?

Tal vez si usted recicla, no compra aerosoles y no recibe productos empacados en icopor esté libre de pecado. Pero con sentido de realidad ¿quién puede tirar el primer chicle con la seguridad de que no se pegará a su conciencia ecológica?

Si cada vez que quiere agua compra una nueva botella, si para escribir un teléfono utiliza una hoja tamaño carta, si se lava los dientes dejando la llave abierta media hora, ¡Confiese! ¡Entre todos podemos encontrar el cielo ecológico!

Comentar con facebook