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Cartel Urbano
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EL ARTE DE NO TERMINAR UN LIBRO

Por Darío Rodríguez

El diario italiano Il Corriere della Sera les pregunta a sus lectores cuál es el libro que no han logrado terminar de leer. Interrogante ambivalente, propio de encuesta apresurada para arrojar porcentajes y sacar conclusiones universales sin análisis ni reflexión. Porque un libro puede recorrerse de principio a fin sin comprensión, con prejuicios por parte del lector, o de mala gana; no hay mucha diferencia entre acabar una lectura de ésas maneras y no concluirla. La educación formal de países como el nuestro obliga a leer, y castiga a quienes no demuestran su llegada al último capítulo, a la última página. Esta conducta represiva produce en los lectores que han dejado la escuela y la universidad una especie de complejo: el libro famoso o prestigioso, el que todos los ciudadanos cargan en sus bolsos o ponen sobre sus mesas de noche, debe, tiene que leerse de pasta a pasta. Los educadores de los cursos en filas y control de disciplina nos inyectaron el bochorno, la vergüenza intelectual y hasta la humillación que seguían a los que confesaban no haber concluido la lectura de un volumen. Un modo de evitar estos rubores públicos consiste en llegar al final del libro a cualquier precio. A veces es preferible, en casos ya célebres de obras complicadas como Ulises de James Joyce o El hombre sin atributos de Robert Musil, no acabarlos si la alternativa es pasar por sus hojas de papel sin la dedicación ni el entusiasmo que requieren.

La pregunta del periódico italiano es también significativa en medio de la simpleza y la abstracción que refleja. Invita a formular otros cuestionamientos, quizás más pertinentes para estas épocas en las cuales surgen nuevos e insospechados modos de leer. Por ejemplo: ¿Deben terminarse de leer todos los libros? y ¿Qué libros merecen ser terminados? Las respuestas de la pequeña encuesta dan una luz acerca de ese misterioso hábito que forjó a Occidente, la sincronizada observación a unas manchas, las palabras, puestas sobre una superficie predeterminada. Además de mencionar a los citados Joyce y Musil, los lectores manifiestan cansancio con otras gigantescas e intrincadas propuestas novelísticas entre las cuales figuran El péndulo de Foucault de Umberto Eco y La montaña mágica de Thomas Mann. Sorprende que una novela tan popular, y con fama de legibilidad tan extendida, como Cien años de soledad del Nobel colombiano Gabriel García Márquez fatigue al lector europeo contemporáneo, el número de lectores que no llegaron a su final es notable en la encuesta. La paradoja, pues, está sentada: en el impredecible mundo de las relaciones entre libro y lector son las cumbres más altas, más escarpadas, las que deberían subirse primero. Esos libros con miles de páginas, difíciles, densos, por su carácter inagotable acompañan no un pequeño tramo vital de una persona (los días, semanas o meses que se gastan en leer libros breves) sino prolongadas décadas, Inclusive el resto de su vida. El desenfreno de nuestra época ordena acabar las lecturas al mismo ritmo que se acaba la atención, el afecto y los electrodomésticos, es decir a toda velocidad. Y no terminar con rapidez un libro exigente, iluminador, es ya por sí misma una auténtica virtud. Tales son los libros que deben terminarse. Hay un mérito adicional con novelas como las de Joyce o Musil: la vida misma de quien lee va modificándose al tiempo con las situaciones que describen.

Haciendo a un lado culpas de poca monta, no existe institución ni dogma que dictamine la obligatoriedad de terminar una lectura. En este punto el lector es autónomo, señor de sí mismo, y decide si continúa hasta el final o se detiene. Quizá se pierda de episodios como el de Don Quijote que sueña convertirse en pastor, o el monólogo de Molly Bloom al término de Ulises. Pero encontrará, de seguro, un libro más corto, más asequible, cuyos argumentos, digresiones y rodeos lo complazcan debidamente. Ventajas de lector, al fin y al cabo: no poseer vigilantes ni patronos.

En últimas, si la lectura es un viaje poco importa cuánto trecho recorra el viajero. Lo valioso está en las vivencias del camino, con la asiduidad y el rigor de quien lo ha leído todo, o con el desdén, la espontaneidad del que no arribó a la tercera página. Lo dicen mejor unos versos del poeta colombiano Hernán Vargascarreño:

 

Para mañana me alisto sin afanes,

me pongo todo lo que no tengo,

desecho todo lo que me falta.

 

Pero mañana fue un día,

hace años…

Ya no recuerdo cuándo.  

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