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Cartel Urbano
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PALABRAS LABRADAS

Por Gonzalo Valderrama

“Las palabras son de aire… y van al aire”, dijo, en 1984, Willie Colón; pero yo me atrevo a contradecirlo. Las palabras son objetos maleables, como el más corto-punzante de los metales; verbos que se hacen carne, sustantivos que se hacen sopa, adjetivos que se hacen luz en una boca que se hace agua al dejarlas pasar por sus ranuras. No son de aire. Se transmiten por el aire… y van al epicentro de la emotividad-imaginación de quien las oye, siempre y cuando quien las emita oralmente lo haga con toda la convicción, responsabilidad, cadencia, misticismo debidos para que no pierdan su efecto original desde que cada una de ellas fue creada por la parlanchina humanidad. Todos estamos en el aire, “el único maestro” (según la filosofía yóguica); todos lo respiramos: cada uno de nosotros somos, en el fondo, “aquel que respira” (la verdad esencial de la existencia, según la filosofía zen). No hay más que aire… así que ¡dejémoslo ser!

Desde que se fueron inventando, una a una, por los humanos más creativos, las palabras han sido magia pura, música real, a través de la cual se (re)producen imágenes, sensaciones, sentimientos y emociones; todas ellas, señales de que respiramos vivamente en esta tierra de tierra.

Una palabra como “gonorrea” tiene efectos e intenciones distintos si te la menciona un asaltante callejero o un doctor experto en pipís. Una palabra como “¡Oe!” puede causar risa o aversión a un televidente, dependiendo de su imaginario y competencias narrativas… mientras que la misma palabra, con una ele adicional (“¡Ole!”), puede generar disputas radicales en torno al trato a un animal que no tiene ni idea de lo que implica esta sencilla interjección. La palabra “¡Abracadabra!” salva almas, calma cataratas, amarra mañanas a la lata… ¡Ja!. Estos fonemas y todos los demás han ido apareciendo en el imaginario mundial a medida que se han ido necesitando…y, con el paso de los milenios, han ido/adquiriendo más/menos sentido, como utensilios de cocina, como aparatos para la astrología, como canciones de un listado infinito de gustos siempre cambiantes.

Desde el miércoles de ceniza de 1991, por la tardecita, me dedico, entre otras cosas, a lo que los científicos de la nada llaman “narración oral escénica”, y los mortales de a vida llaman “cuentería”. Por cosas de la genética (o de una esquizofrenia light), siempre he creído/sentido que porto una especie de tele-prompter en el lado trasero de mi frente, en el que van a pareciendo, a medida que mi consciencia lo determina, las palabras que forman el discurso que emito día a día ante mis congéneres cada vez que lo requiere la ocasión. Visualizo mis palabras, como un presentador de noticiero que sólo lee en voz alta (con la adecuada entonación) lo que hay que comunicarle al mundo, de la manera en que aprendí a hacerlo gracias al colegio, mis lecturas y la gente a la que he escuchado (incluyendo mi propia voz).

La mayor parte del día lo paso en silencio, escuchando música, mis pensamientos y otros humanos hablando. Sólo descargo la palabrería acumulada cuando toca: pidiéndole los huevos para el desayuno al vecino, consultando una dirección o quejándome de un pisotón en el cine… pero cuando más tiempo dura abierta mi cañería es a la hora de contarles mis historias a los terrícolas que me escuchan. Como a cada una le tomó tanto tiempo en fermentarse en mi cerebro, cada una de las palabras que la conforman están más que repensadas previamente a la hora de ser parida de manera espontánea. La mayoría de mis cuentos los he conocido a medida que los cuento por primera vez… y de tanto contarlos, los he ido mecanizando: el proceso inverso al del cuentero que se aprende un texto de memoria para, luego, de contada en contada, irlo entendiendo… o no. Han sido las palabras mismas las que los han ido forjando. Yo cuento para escucharme y saber a qué saben mis historias, qué sentido final tienen cuando les llegan a los oyentes y me rebotan a mí. Soy el vehículo de mis palabras, que son de todos. No soy un artífice de ellas, una carne a través de la cual los verbos se hacen palpables.

…y…
…ya…

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